Era diferente…

Me sentaba a escribir.
A mi espalda el ventanal dejaba entrar una luz tamizada por las cortinas de gasa y los libros desde las estanterias se convertían en silenciosos amigos ocasionales que me acompañaban sin molestar.
Fuera la copa de mi arbol golpeaba con pequeños roces el cristal de la ventana y me hablaba sin palabras.
Nació al tiempo que yo escribía y juntos vimos crecer él su tallo y sus hojas y yó mis páginas que en aquel  tiempo fueron blancas.
Era el único árbol diferente que adornaba la calle.
Se mostraba nostálgico y dorado en el otoño, delgado y desnudo en invierno mientras estiraba sus ramas buscando los rayos de sol, espectante y verde en primavera, relajado y pleno en el verano.
Me marcaba las estaciones igual que marca las horas un viejo reloj, al tiempo que las hojas, que ya no eran blancas, se cubrían de historias y de cuentos.
Aquella mañana repetía mi ritual pero cuando me senté y empecé a escribir, eché algo de menos. El roce leve que me acompañaba sin palabras.
Miré a traves de la ventana…  había desaparecido. En el suelo un pequeño cuadrado lleno de tierra me contaba que una vez existió. En el silencio de la noche un ladrón me lo había arrebatado.
Apareció otro árbol diferente, pero  no volvió a rozar mi ventana y yo tampoco deseé que lo hiciera.
Me quedé con una pregunta… ¿desapareció porque era diferente?… nadie me la contestó.
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