La mediana…

            

               La mediana, así era como la llamaba todo el mundo. Y no era de manera fortuita, no. Era la mediana, entre las sombras que proyectaban sus hermanas. La mayor, segura y siempre en posesión de la verdad; y la pequeña, expansiva, de carácter fuerte y poco dada a la transigencia.

            No se parecía a ninguna. Quizá la vida, por algún extraño azar, le había dado un carácter sereno, tranquilo, conciliador, con tendencia a absorber y minimizar los estragos que producían los encontronazos entre la mayor y la pequeña.

            Se habían reunido en la casa familiar para preparar la fiesta del 50 aniversario de uno de sus hermanos. Sentada entre las dos en torno a la mesa, frente a una taza de café, escuchaba sin oír las conversaciones airadas de sus hermanas. Intentaba retrasar el momento de su intervención. Era la vieja historia.

            Mientras las dos discutían, Elena, con mirada soñadora, paseaba la vista por aquella habitación llena de recuerdos.

            Contemplaba el salón y recordaba a su madre sentada junto a la ventana. La luz de la tarde se reflejaba en su pelo y su mirada parecía alejarse de allí, mientras escribía. Entonces no sabía definir como era aquella mirada. Ahora sí. Era una mirada  nostálgica. En esos momentos parecía olvidarse de ellas que jugaban o peleaban a su lado, mientras su cabeza se perdía más allá, en algún lugar al que ellas no tenían acceso.

            Un día se acercó y le preguntó qué era aquel cuaderno en el que tanto escribía. Su madre sonriendo le dijo que era un diario, el lugar donde guardaba sus secretos,  y que allí estaba escrita toda su vida desde hacía muchos años. Ella se había quedado muy impresionada con la idea de tener toda una vida en un cuaderno y decidió también escribir el suyo.

            Elena revolvió el café y tomó un sorbo, mientras suspiraba. Amaba todos los detalles que la rodeaban. La mesa grande en un tiempo punto de reunión para toda la familia, el canterano con incrustaciones de marfil donde su madre se sentaba horas y horas escribiendo su diario, el sillón de orejas de su padre con un dibujo de margaritas gastado por el tiempo y que a ella de niña le hacía soñar con un jardín. Las pequeñas cosas bañadas con la misma luz dorada del atardecer que teñía todo de misterio y que la adormecía en sus tardes infantiles.

            Se sentía bien, pero las voces femeninas más fuertes en ese momento, le recordaron que no era el momento de los recuerdos. Sus hermanas como siempre en cualquier situación que las reuniera, habían hecho estallar la guerra.

            Sintió un profundo cansancio y se preguntó si sería capaz por una vez en su vida de dejar que las situaciones fluyeran por si mismas.

            ¿Qué ocurriría si ella no intervenía? —esta idea pasó fugazmente por su cabeza.

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    Así que en silencio contempló como transcurría el diálogo en lo que parecía una larga discusión sobre un cubremesa muy delicado que había  entre ellas.

     

La mayor, con un tono de irritación en la voz, lo señalaba:

            —Lo tuyo es obstinación. Esto es justo lo que necesitamos y no veo motivo por el que no podamos utilizarlo. A nuestra madre le gustaría para una fiesta como esta —dijo.

             —Y tú nunca puedes dejar de ser autoritaria. Siempre lo has sido y lo sigues siendo, pero no intentes manipularnos decidiendo lo que hubiera deseado nuestra madre. Es una pieza muy bonita y además creo que es única. La bordó la bisabuela de nuestra madre y por eso, aunque sea tan solo por lo que significa, la tenemos que conservar como está, así que no estoy de acuerdo contigo —respondió la pequeña.

            Sería raro —pensó Elena— que estuvierais de acuerdo en algo. Nunca lo estaréis ni siquiera para las cosas nimias y me habéis obligado a actuar siempre de árbitro de un partido que yo nunca quise jugar.  El querer a una significaba el reproche de la otra y la intolerancia e incomprensión es lo único que he aprendido de vosotras.

            Me he perdido entre lo que hubiera querido ser y lo que vosotras me habéis permitido que fuera dentro de esta familia.

            Recordó con claridad aquel día en el que las dos —niñas apenas— trataban de arrebatarse una a la otra el diario que habían encontrado encima de la mesa. Tanto forcejearon que acabó en el fuego de la chimenea. La madre, llorando, lo intentó recuperar, pero desapareció entre las llamas. A Elena le costó mucho olvidar la expresión de tristeza de su madre cuando vio los restos carbonizados y pensó, entonces, que nunca les perdonaría a sus hermanas lo que le habían hecho. Pero las perdonó muchas más veces.

            Ahora volvió de nuevo a la realidad sintiendo una sensación de rebeldía que no quiso ahogar como en otras ocasiones. Su mirada se ensombreció. Dejó que aquel nuevo sentimiento que estaba empezando a experimentar cuando contemplaba a sus hermanas fuera invadiéndola poco a poco, y notó que ya se habían agotado los días de su entrega.

            Con movimientos controlados, sin pronunciar palabra, Elena levantó su taza de café y lentamente la vertió sobre el cubremesa. Aquella mancha de color marrón fue extendiéndose lentamente sobre la tela blanca y bordada y a medida que lo hacía en la cara de Elena aparecía una sonrisa.

          La sonrisa no desapareció mientras cogía el bolso y el abrigo y se alejaba hacia la puerta que abrió y cerró tras ella con cuidado.

Todo en la habitación era silencio. La mayor y la pequeña se miraron. A lo lejos se oía el taconeo de la mediana que se alejaba.

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39 comentarios el “La mediana…

  1. ¿Por qué será que me trajo algún que otro recuerdo? Besos María, sigue regalándonos estos pequeños relatos cotidianos.

    • Hola, Libe,
      Recuerdos de ese tipo siempre nos rondan, verdad? Tienen difícil solución, pero lo mejor es tomar distancia.
      Muy contenta de verte por aquí.
      Un besote de esos bien grandes…

    • Y tan difícil, querida Cristina,
      Después de encuentros así, has perdido toda la energía. Aunque… siempre hay personas que te la devuelven.
      Un abrazo muy cercano…

    • Estas fechas, querida Julie, son, algunas veces, tan conflictivas, que te agotan, pero… ya volvemos a lo cotidiano y lo cierto es, que me encanta!
      Un beso cariñoso…

  2. Me has transportado a ese salón. He admirado el canterano, guardián de los secretos escritos, y me escondido tras el sillón con tapicería de margaritas, y, allí, en silencio he observado la escena que tan maravillosamente nos has narrado.
    Un beso de bienvenida.

  3. Sí, creo que te he visto tras ese sillón que tantos recuerdos me trae. Y diría que me has guiñado un ojo!
    Me alegra volver a estar con vosotros.
    Mil besos solo para ti…

  4. Como siempre, vuelvo a admirar tu forma de describir un ambiente, de tal manera, que te encuentras inmerso en él. Ilustrativo relato de relaciones familiares que se dan con bastante frecuencia.
    Espero que hayas disfrutado de tus días familiares.
    Besos

    • Hola preciosa,
      Feliz de reencontrarte después de todos estos días que no acaban de ser demasiado reales. Hoy al volver siento que necesitaba esta tranquilidad que me permite hablar ahora contigo.
      Un besote intenso…

  5. estupendo relato; luego de leerlo me he quedado pensativo un buen rato. ¿Puedo preguntar si nace de algún recuerdo autobiográfico? Es tan sentido, tan preciso que no puedo menos que pensar que algo de eso hay (además es típico –lo cual no significa menos cierto– de problema del “hermano del medio”).
    Saludos.

  6. ME HA ENCANTADO EL RELATO, A VECES UNA PERSONA NORMAOL PASA A SER EXPLOSIVA POR EL HARTAZGO HACIA LOS DEMAS Y SE PUEDE REALIZAR DE DOS FORMAS, CON BRUSQUEDAD O CON FINURA, ESTE ES EL CASO. UN FUETE ABRZO

    • Hola Lambertus,
      Siempre he pensado que es más difícil explotar con finura, que de otra forma. Pero lo que sí sé es que hay que tomar decisiones aunque sean pasando por una explosión.
      Besetes de miércoles…

  7. Hola María, gracias por venir a mi nuevo caminar!! o mejor dicho volar.
    Un relato precioso, y lleno de sensibilidad, me has llevado a mi infancia, la verdad que la vida pasa muy rápida y los recuerdos de una madre son entrañables y al recordarla, sentimos una mezcla de tristeza y nostalgia .
    Muy bonito siento lo del diario, sería tan hermoso poder leerlo verdad?
    Un beso

    • Gracias a ti, Carmeta, por dejarme compartir contigo. Si, los recuerdos de una madre es lo más bonito que poseemos por eso hay que conservarlos como un tesoro. Hubiera sido bonito leer casi una vida, si.
      Muchos besos, mi niña…

  8. Cuando leo un relato de estas características, y luego repaso los comentarios, a menudo sonrío. Efectivamente, es fácil reconocer situaciones parecidas en nuestro entorno. Pero nunca nadie nos consideraremos una de las dos discutidoras. Siempre nos contemplanos desde el plano de la mujer razonable que encuentra ridículas las actitudes de otros. Y por simple aritmética en tu relato, por cada persona razonable, hay el doble de personas irracionales.
    Pero debe ser que éstas, afortunadaente, no nos leen .
    … ¿o sí?

    • Pues sí, las matemáticas no mienten, pero tendemos, en general, a ser más comprensivos con nosotros mismos que con los demás. Así es la naturaleza humana. Y así somos, pero en ese momento de soledad, en el que nos enfrentamos con nosotros mismos… ¿tú no crees que reconocemos si somos irracionales o no?
      Un abrazo, café del alba…

      • Existen personas que no se reconocerán nunca porque se autoprotegen, otras no lo harán por que ni siquiera se analizan, otras por….
        Y entre las que se analizan, están las que lo negarán siempre.
        Sólo he conocido a una persona en mi vida que defiende su libertad de mentir cuando lo cree oportuno. Debe ser porque el resto de la humanidad siempre dicen verdad.
        Tres besos

  9. Mal cuento cuando eres niñ@ “sandwich” 😉 y cuántas vivencias se tejen en torno a una familia.
    Muy bello relato María!!
    Besos!

    • No es fácil la convivencia, Elssa, y por eso, en algunos momentos, un “golpe de efecto” es la única salida.
      Contenta de verte.
      Un abrazco de esos cercanos…

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