O quizá no…

 

Aquel era mi día de suerte. O por lo menos así lo sentía yo mientras comía con deleite la chocolatina que me había comprado mi madre a la salida del colegio. Comer chocolate no era demasiado importante si no fuera porque con aquellos aparatos que llevaba en la boca, por los cuales mi hermano me llamaba “ferramenta”, tenía casi prohibido comerlo.

Dedicada como estaba a chuparme concienzudamente los dedos, cuando entramos en el portal de nuestra casa, no presté demasiada atención a lo que le decía Marita, la portera, a mi madre. Sólo cuando terminé con los restos de chocolate que se repartían generosamente por toda mi mano, atendí a su conversación.

— Pero Doña Lourdes, es que viste muy extraño, y siendo joven como es, no se oye barullo en su casa, además, le he visto alguna vez con un instrumento de música muy raro. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo algo parecido a “obús”

—Marita— respondió mi madre — querrá decir oboe ¿no?

—Pues eso, Doña Lourdes, un ooooboe de esos que dice usted, pero ya le digo, que yo no me fío un pelo. Como le dé por tocarlo todo el día, estamos apañados.

—No se preocupe mujer— respondió mi madre — que a los vecinos no nos vendrá mal un poco de buena música. Tengo los oídos destrozados por los ruidos a los que nos tiene acostumbrados el nene de la del quinto aporreando el piano.

Dicho esto y antes de que Marita replicara de nuevo, nos dirigimos rápidamente al ascensor. Allí después de comprobar frente al espejo que no quedara ni un rastro de chocolate, me puse a pensar en aquel enigmático personaje.

Debía ser una persona muy especial —razoné. Había hecho salir a nuestra buena portera de su garito, cosa que no sucedía de habitual, ni siquiera cuando venía el lechero que era, en aquel momento, el objeto de sus amores.

A mí, que en aquella época estaba en lo que dan por llamar “la edad de la curiosidad” las palabras “extraño”, “rarísimo” y demás adjetivos, me habían despertado la imaginación. Y lo que se dice imaginación, pues a mí no me faltaba. Tan sólo con mirar los dibujos que formaban las baldosas del suelo, ya me había montado yo una historia de hadas y brujas. Así que llevada por una  combinación entre curiosidad e imaginación, sentí la necesidad imperiosa de saber algo más sobre aquel joven que tocaba un extraño instrumento cuyo nombre ni Marita ni yo conseguíamos memorizar.

Tenía que dedicar mis esfuerzos a localizar en qué piso vivía aquel extraño músico.

Aquellos días mis padres llegaron a pensar que me pasaba algo extraño. Mis paseos en torno a la puerta eran frecuentes y más de una vez me pillaron encaramada a la banqueta de la entrada atisbando por la mirilla el paso de mis vecinos por la escalera.

—Cariño, ¿qué haces subida a esa banqueta? —dijo mi madre una tarde que me encontró encima—. Miedo me das cuando empiezas a hacer esas cosas extrañas. ¡Anda, baja y vete a tu cuarto a estudiar, que falta te hace!

La expresión de extrañeza de mi madre, me hizo comprender que mis pesquisas debían ser más discretas. De lo contrario corría el riesgo de que me prohibieran acercarme a la puerta. De repente, se me ocurrió una idea magnífica. ¡El ascensor!

Nuestro viejo ascensor era de aquellos que parecían una jaula que descendía por el hueco de la escalera. De hierro y con adornos dorados en las puertas. Cuando subía y bajaba traqueteaba como una locomotora y por los huecos veías quien lo ocupaba. Esta fue la solución. Cada vez que estaba en casa y oía crujir su mecanismo abría la puerta lentamente para observar a través de las rejas de la caja del ascensor si se trataba de mi objetivo. ¡La de excusas para abrir la puerta que llegué a inventarme en aquel tiempo!

Pasé muchos días espiando a todos los vecinos y ya estaba empezando a perder la emoción y hasta casi la curiosidad, cuando mi paciencia se vio recompensada.

Un buen día en el momento que abría la puerta para irme al colegio casi me doy de bruces con un muchacho alto, de piel pálida y con una coleta de pelo claro, que le caía a lo largo de la espalda. En la mano llevaba un estuche alargado de piel negra que me llamó la atención. Pensé: “Es el extraño”.

—Hola preciosa —me dijo. Y sacando un llavín se dirigió hacia el piso que estaba enfrente del nuestro y que llevaba largo tiempo deshabitado.

Tengo que decir que me llevé tal sorpresa al comprobar que después de tanto espionaje lo tenía allí y que era nuestro vecino, que no supe que contestar y  pasé corriendo por su lado sin esperar siquiera al ascensor.

Aquel encuentro avivó de nuevo mi curiosidad. Seguí con mi plan. Por el patio interior que separaba nuestras casas podía contemplar tranquilamente la suya. Las cortinas siempre estaban descorridas y en algunas ocasiones las ventanas abiertas.  Me pasaba los días asomada a aquel patio interior y contemplaba sus idas y venidas, pensando en qué momento descubriría la faceta extraña de mi vecino.

El casi siempre estaba sólo, pero yo alguna vez veía, con auténtica envidia, a una muchacha joven, que entraba en la casa con vaqueros ajustados y agitando una melena rizada. Los ojos de él brillaban con un brillo especial al contemplarla. El día que  esto pasaba, las cortinas de la casa se cerraban y yo oía la risa cantarina de ella y sus pies descalzos recorrer el pasillo diciéndole a él cosas que yo no alcanzaba a comprender.

—Es croata —decía Marita a Doña Concha.

—¿Quién, el chico? —respondía ella

—No, él no, su novia. Y mire que se pasan juntos horas y horas. A saber lo que harán —decía Marita mirando al cielo como si alguien desde allí le pudiera dar la respuesta y no Doña Concha.

—¡Si es que esta juventud¡!—respondía Doña Concha.

Y yo que pasaba en aquel momento cerca, me preguntaba qué es lo que era malo, ser croata ó ser joven, y no entendía de qué hablaban, así que fui como cada día a mi punto de observación.

Aquel día estaba sólo, y vi que tenía en la mano su estuche negro al que acarició con dulzura como si fuera un niño. Lo abrió y de su interior sacó un tubo largo y extraño que sostuvo entre sus manos. Lo tocaba con tanto cuidado que pensé por un momento si no sería de cristal. Después de mirarlo durante un rato lo aproximó a su boca. Al hacer el gesto levantó su mirada y se encontró con la mía.

Me había descubierto. Quise separarme de la ventana, cuando de repente, de aquel tubo empezaron a salir unos sonidos bellísimos, que poco a poco traspasaron el aire y se enredaron en mis manos, en mi pelo. Acariciaron mi piel y se convirtieron en pequeños puntos de luz que atraparon el azul de la tarde. No pude moverme, me sentí atrapada por aquella melodía. Fue entonces cuando los ojos se me pusieron en blanco y creo recordar que desde mi poca edad y mi escasa altura fue la primera vez que me enamoré.

Me acostaba y mientras veía a través de la ventana el cielo cuajado de estrellas cerraba los ojos y soñaba despierta. Soñaba que cuando tocaba su música era para mí y que cuando las notas se elevaban por el aire y cruzaban el patio convirtiéndose unas veces en risas y otras en llanto, también eran para mí. Y así envuelta en la música, transcurrieron muchas tardes de aquel largo otoño de mi casi perdida infancia.

Una tarde cuando había caído el sol, vi que la muchacha de pelo largo y mirada brillante entraba en la casa. De nuevo se corrieron las cortinas, pero aquel día no oí sus pies descalzos recorriendo el pasillo. Oía voces y no entendía nada. Me acerqué más a la ventana y sólo oí una frase muy clara:

—No eres nada sin la música. Tan solo un fracasado que ha perdido un sueño —decía la muchacha con un tono de voz en el que solo se percibía el rencor.

No oí la respuesta del muchacho. Una puerta se cerró con un golpe. Luego un silencio terrible que se rompió por un ruido seco que procedía del fondo del patio.

Me alejé triste y pensativa. Aquella tarde no se escuchó la música. Por la noche dormí inquieta, sin soñar. Al día siguiente, impaciente por  saber qué había pasado me asome a la ventana. Allí estaba Marita, como todos los días, barriendo el patio interior.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Pues nada, hija, barriendo. Hoy he tenido algo más de trabajo. Parece que a tu vecino, se le ha caído ese trasto, el oboe que dice tu madre y se ha destrozado. Una pena, aunque a él no le sirviera para nada.

—¿Por qué no le servía para nada? —le pregunté.

Marita puso cara de conspiradora y levantó la cabeza.

—¿Sabes? Doña Concha me dijo un día que el pobre muchacho tiene una mano inutilizada y que lo ha intentado todo para volver a tocar. Pero no lo ha conseguido. Decían que tenía una prometedora carrera.

Quise protestar y decirle que sí que tocaba, pero algo me dijo, que si le decía aquello podría pensar que me había vuelto loca.

Me senté sobre la cama, cerré los ojos y volví a escuchar la música. Pensé si todo aquello había sido un sueño. Me levanté y miré hacia las ventanas de mi vecino. Estaban cerradas y las cortinas corridas. La  música del oboe seguía sonando en mis oídos y fue cuando comprendí que aquella música solo había sonado para mí. Sentí que algo me dolía en el corazón. No supe cómo darle nombre en aquel momento. Luego supe que aquel “algo” que sentí se llamaba nostalgia.

No volví a ver a mi vecino, ni supe cuando se fue ni qué había sido de él. Pasaron los años y volví a oír el sonido de un oboe en otras ocasiones. No recuerdo si me gustó mucho o poco su sonido. Lo que sí recuerdo es que  nunca conseguí que la música se enredara de nuevo entre mis manos y en mi pelo y se convirtiera en puntos de luz que atrapaban el color de la tarde.

Como sucedió, o quizá no, en aquellos días de otoño.

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37 comentarios el “O quizá no…

  1. Buenos días María ante todo que tengas una feliz semana.
    De la historia que escribes que te puedo decir que no se a aquello tan manido de que la música enamora pero lo cierto es que aquella chica nunca olvidara aquellas notas que le envolvían el alma y aquellos y aquel pelo que no la dejaban dormir…Todos hemos tenido un primer amor y por muy corto que fuese aún seguimos recordándolo muy bonita amiga besos

    • Sencilla historia, pero es como la vida misma, ¿Qué chica de jovencita de “casi” ni adolescentes no hemos tenido esos sueños?… pues sí, aunque fuesen tonterías para nosotras eran muy importantes.
      Un saludo,

      • Sí, Rosa, aquel chico que veíamos desde la ventana pasar por la calle y en quien depositamos nuestros sueños, aunque al final ni le conocimos, siempre estará en nuestros recuerdos.
        Un abrazo grande…

    • Gracias, José,
      Que tengas tú también una buena semana. Seguro que esa chica nunca olvidará esos días de su infancia en la que descubrió la música y también, por que no, el amor.
      Un besete bien grande, amigo mío..

  2. Es una hermosa historia, María. Esa música quedó para siempre impresa en su corazón enamorado… Luego conoció la nostalgia cuando lo perdió. Pero para siempre esa música sería importante para ella. Me encantó. Un beso.

    • Hola Julie,
      Es una historia de amor juvenil y de nostalgia. Por el muchacho, por lo que sintió ella mientras sonaba la música y porque siempre se mantuvo ahí, en el recuerdo.
      Muchísimos besos…

  3. Cuánta belleza en tu relato! No es cosa mala la nostalgia si puede evocar recuerdos expresados de manera tan bonita!
    Besos

    • ¿A que la nostalgia es bella, Leandro? Quizá en un primer momento pueda invadirte la tristeza, pero el tiempo lima esa tristeza y te trae los recuerdos tan brillantes como fueron.
      Un abrazo y gracias por pasar por aquí…

  4. Leí tu cuento con mucho interés recordando sensaciones de mi casi-adolescencia ….
    Esa música que” se enreda entre las manos y que se convierte en puntos de luz…”
    ….
    Es hermoso ,María!

    • Querida Anna,
      Todos tenemos esos recuerdos, mientras perdíamos aquella edad de la inocencia. La música, el primer amor.
      Me alegra verte aquí.
      Mil besos…

  5. Precioso tu relato. Que bien nos has llevado por las pesquisas de esta pequeña y has descrito ese despertar.
    Muy bueno. Que tengas una buena semana María
    Un abrazo muy fuerte en un día soleado y ventoso.
    Cristina

    • Un despertar muy bello, Cristina. Al amor, a la música y también a la nostalgia.
      También una buena, buena, semana para ti, amiga mía…
      Mil besetes…

    • Gracias, Cris.
      La adolescente descubre que la vida, algunas veces, lleva junto con la alegría, el dolor y la pérdida, pero también descubre la música y el sentimiento del amor.
      Me animas a escribir, mi niña.
      Besotes de esos así de grandes…

  6. PRECIOSO RELATO VIVIDO EN PRIMERA PERSONA, LA VIDA A VECES ES ASI DE CRUEL Y POSIBLEMENTE HUBIERA SIDO UN GRAN INTERPRETE DE OBOE EN UNA GRAN ORQUESTA SONFONICA, PERO LOS NIÑOS LEVANTAMOS NIESTRAS FANRASIAS HASTA EXTREMOS INCONCEBIBLES, PRECIOSO RELATO MARIA, UN FUERTE ABRAZO

    • SI LAMBERTUS, LA VIDA NOS TRAE DECEPCIONES Y PERDIDAS, PERO TAMBIÉN MOMENTOS QUE PODEMOS RECUPERAR A TRAVÉS DE NUESTROS RECUERDOS.
      ME ALEGRA MUCHISÍMO VERTE POR AQUÍ.
      UN ABRAZO CERCANO…

    • El desenlace es algo triste, pero quedan los recuerdos de la niña y su sentimiento al volver a oír aquella música que la enamoró.
      Un abrazo bien grande, Joaquín…

  7. Sí, Nei, algunas veces la vida te gasta muy malas pasadas. Pero también ella oyó aquella música que probablemente sólo sonó para ella.
    Una brazo de esos grandes…

    • Gracias Marisol,
      Es un relato agridulce que recuerda aquella época en la que la adolescencia se convierte poco a poco en un recuerdo.
      Un abrazo grande…

    • Escribir es lo que llevo haciendo desde que era apenas una cría, Chari. No sé si lo hago bien, pero lo que si sé, es que disfruto mucho con ello.
      Un abrazo…

  8. Muy bueno, es un placer leerte.
    Pienso que los recuerdos de la niñez se magnifican. Todo lo que nos tocó el corazón nos parece que era perfecto…aunque no lo sean tanto.
    Eres una gran escritora. Te felicito
    Muackisssssssssssss pa ti

    • Hola Ana,
      Pues sí, tendemos a magnificar esos recuerdos, pero no me digas que ese sabor agridulce, no evoca momentos felices. Aunque su brillo no sea tanto como el que vive en nuestro recuerdo.
      Gracias por tus piropos, guapa.
      Mil besines…

  9. Hola María..

    Muy buen relato, te felicito por tu impronta personal…

    ¿Sucedió un día de otoño o no?. Esa pregunta es tan elocuente porque proyecta una sombra de incertidumbre, abriendo un espacio onírico en torno al relato.

    La música del oboe acentúa este rasgo, a la vez que le da un toque nostálgico y poético.

    Un vecino con el cual se entretejen recuerdos felices al tiempo que tejen “puntos de luz que atrapan el color de la tarde”.

    Un abrazo grande y gracias; Aquileana 😛

    • Hola Amalia,
      Tus palabras me llenan de orgullo por venir, precisamente de ti.
      Intento escribir pero nunca me parece que lo hago bien. Eso, al principio, me frenaba pero ahora, creo que solo escribiendo llegará un día en que mejoraré.
      Muchas gracias.
      Un beso inmenso desde aquí…

  10. “Una vida sin música no merece ser vivida” (Nietzsche); y creo que lo dice todo. Me gustó que hayas elegido al oboe como instrumento evocativo; sin duda es uno de los instrumentos con sonido más dulce y particular dentro de los de viento (otro podría ser la flauta traversa; pero es más común y lo breve de la misma palabra –“oboe”– ayuda al texto).
    Un fuerte abrazo de un ex-flautista (me robaron mi flauta traversa hace años y nunca pude volver a comprar una 😦 No importa. La música siempre está).

    • Todita la razón, Borgeano,
      ¿Qué haríamos sin la música? Creo que nos faltaría casi algo tan imprescindible para vivir, como el corazón. Con la música amamos, soñamos, reímos y lloramos.
      Y la música que surge del oboe es tan dulce que enamora.
      Y sí, la música siempre está.
      Un besete de esos personalizados para el ex-flautista…

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