Autor: María

Buscadora de letras, de sueños, amante de la vida y exiliada de la tristeza. ¿Un lema...? Vive y que los demás vivan como quieran.

Era diferente…

Me sentaba a escribir.
A mi espalda el ventanal dejaba entrar una luz tamizada por las cortinas de gasa y los libros desde las estanterias se convertían en silenciosos amigos ocasionales que me acompañaban sin molestar.
Fuera la copa de mi arbol golpeaba con pequeños roces el cristal de la ventana y me hablaba sin palabras.
Nació al tiempo que yo escribía y juntos vimos crecer él su tallo y sus hojas y yó mis páginas que en aquel  tiempo fueron blancas.
Era el único árbol diferente que adornaba la calle.
Se mostraba nostálgico y dorado en el otoño, delgado y desnudo en invierno mientras estiraba sus ramas buscando los rayos de sol, espectante y verde en primavera, relajado y pleno en el verano.
Me marcaba las estaciones igual que marca las horas un viejo reloj, al tiempo que las hojas, que ya no eran blancas, se cubrían de historias y de cuentos.
Aquella mañana repetía mi ritual pero cuando me senté y empecé a escribir, eché algo de menos. El roce leve que me acompañaba sin palabras.
Miré a traves de la ventana…  había desaparecido. En el suelo un pequeño cuadrado lleno de tierra me contaba que una vez existió. En el silencio de la noche un ladrón me lo había arrebatado.
Apareció otro árbol diferente, pero  no volvió a rozar mi ventana y yo tampoco deseé que lo hiciera.
Me quedé con una pregunta… ¿desapareció porque era diferente?… nadie me la contestó.

La honestidad…

No era día para paseos. El gris de la mañana se había convertido en una lluvia persistente que te dirigía hacia el sofá donde te esperaba una manta y un buen libro. Esa era mi intención, leer, pero no debía estar demasiado concentrada en mi libro («Un hombre en la oscuridad, Paul Auster») porque, aunque la voz de fondo, hasta aquel momento, era un murmullo en un instante se convirtió en un trueno.
La honestidad, decía desde el cuadrado de la caja mágica.

Cerré el libro con rabia y sólo deseé poseer aquellas artes, fueran buenas ó malas, que me hicieran trasladar en un suspiro frente a aquella mujer que hablaba de honestidad.
¿Honestidad, señora? No creo que ustedes sepan lo que es la honestidad. Quizá yo tampoco pueda definirla, pero sé lo que es.
La honestidad es lo que nos hace mirarnos cada día en el espejo y comprobar que no somos perfectos, que no nos engañamos a nosotros mismos pensando; sí, lo soy. Es ser coherentes con lo que pensamos y decimos y consecuentes con lo que hacemos. Es reconocer que la sinceridad no es suficiente, tan solo una parte de la honestidad. Y es aplicarla en cada una de las facetas de nuestra vida. La privada, la pública, la íntima, la secreta…
Y a estas alturas de mi vida, también sé que la honestidad no es mirarte el ombligo y considerar que sólo «los míos» son los honestos.
No, señora mía, «los suyos» no son particularmente honestos, más bien yo diría que todo lo contrario.
Pero en aras de esa honestidad de la que a mí sí que me gustaría presumir, le diré que… no soy quien para juzgarles.
O… ¡quizá sí!
Porque al fin y al cabo, ustedes, sean del color que sean, manejan mi vida, mi destino y hasta mi dinero y quizá por eso puedo decirles…
Menos cansarnos los oídos con falsas presunciones de honestidad y más aplicarse al cuento. Y si por casualidad no saben cuál es el significado de «honestidad» recurran al diccionario de la RAE e igual se enteran.

David Bowie- Starman

Fue ayer. Ayer fue su cumpleaños. Al despertar quise recordarle con sus vaqueros negros, la chupa negra y su inseparable sombrero, pero me dí cuenta, con algo de miedo, que no era capaz de recordarle así. Le recordaba en aquel lugar de paredes blancas, con olor a enfermedad, tristeza y desesperación. Lo recordé enfermo y abatido. Lloré por él, por mí y por todas las cosas que, juntos, nos quedaron por vivir. Hoy sé que aún me queda un largo camino por recorrer para recuperar esa imagen que es la que deseo conservar. La del hombre alegre, divertido, ocurrente y bueno. Recuperar a mi starman.

Y Ulises… dejó de soñar.

Nada había cambiado, Ulises se vio de nuevo frente a la inmensidad del mar.
La luna dejaba una estela plateada marcando aquel camino que le llevaría de nuevo a Itaca.

 

Muchas lunas le habían iluminado y muchas estelas había recorrido para volverla a encontrar, pero de nuevo otros cantos de sirenas le retenían y la inquietud como un veneno administrado gota a gota, le impedía regresar.

 Cerró sus ojos mientras la brisa salada se enredaba entre su pelo y soñó que no era un héroe.
 
Soñó que no era el adalid de todos aquellos que buscan su destino y no lo encuentran, de todos los que persiguen sus Itacas privadas, de todos los que la han imaginado como un paraíso. 

Soñó que la primavera le encontraba en su casa, debajo de los almendros, viendo como Penélope tejía un tapiz en forma de sueño.
 Soñó que los álamos perdían sus hojas otoño tras otoño formando pequeños montones de hojas secas que susurraban un nombre.
 Soñó que las primeras nieves del invierno cubrían su cabeza y las ancianas en los posos leían su destino. El destino de los dos.

 Abrió los ojos y sólo vio un mar vigilante, tenso. Olas de plata, marcando caminos de agua se abrían frente a él y sobre ellas la llamada de su destino. La búsqueda, la soledad. El destino de un héroe. La luna le miraba desde su fría blancura y Ulises inclinando la cabeza… dejó de soñar.