Categoría: Alguna cosa que escribo

Un cuento…

… pequeño…

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

Mira, me dijo, tirando con energía de la manga de mi chaqueta mientras me mostraba con orgullo el reloj.

Rodeado de pequeños, y afanado en dibujar soles y pájaros, plantas y mariposas, sólo pude hacer un comentario  ¿Te has dado cuenta de que marca la misma hora que el reloj del campanario? Le  indiqué con un gesto.

reloj2

El niño no miró hacia el campanario, me miró con sus ojos rasgados y oscuros que se quedaron prendidos de los míos, con una expresión antigua e insondable. Vi desfilar por su fondo palacios blancos con paredes recubiertas de oro, hombres de armadura, fuego, destrucción, una mujer que lloraba sujetando a un niño,  un cóndor atravesando el cielo en vuelo bajo. Imágenes, imágenes que se sucedían una tras otra y que me hicieron perder la noción del tiempo. Aparté la mirada y volví a la realidad como si despertara de un sueño. Sacudí la cabeza y vi como el muchacho se alejaba despacio para sentarse en el suelo con las piernas cruzadas y cubiertas por el poncho multicolor que caía sobre sus hombros.

Pasado un rato el último chiquillo se alejó riendo con un lagarto pintado sobre el dorso de su mano.

Estiré la espalda mientras miraba la hora y al hacerlo comprobé que el pequeño del reloj seguía sentado en el mismo lugar. Parecía dormitar. Me acerqué con una sensación de inquietud que no quería reconocer.

¿Quieres que te pinte algo, aunque no sea tan bonito como tu reloj?, le dije.

El pequeño se levantó y se acercó a mí.

Me mostró su muñeca de nuevo, cogí su brazo y al mirarlo un escalofrío me subió por la espalda.

… la saeta del reloj  había recorrido los minutos que yo había utilizado en pintar las manos de los otros niños.

Palidecí, el niño me seguía mirando, pero esta vez… sonreía.

Me desperté…

… cuando la brisa empezaba a afilar las hojas de las palmeras.
 
Soñaba, pero mi sueño se disipó con aquel sonido que acariciaba mi memoria. Me levanté silenciosa y fui a la terraza. El sol de la mañana dormía en las tumbonas. Hacia calor. El verano reivindicaba su condición.
El libro abandonado la noche anterior, me provocaba desde la mesa cercana. No me resistí y lo abrí por la página abandonada.

Leo un fragmento de La amistad desnuda de Carlo Frabetti…  

«El amor, más impúdico que sincero, se desnuda fácilmente, pero casi nunca se quita la deslumbrante máscara que le impide ver y ser visto con claridad.
La amistad, realista y pudorosa, se quita la máscara con más facilidad que la ropa.

Foto de Internet

La dicotomía amor-amistad es la expresión última, nuclear, de una infeliz cultura dualista que separa las ciencias de las artes, la reflexión del mito. Y el camino de su superación pasa por reunir las letras y los números, por reflexionar sobre el mito, por no someter el amor a más reglas que las de la amistad. Porque, como reza la sentencia… no hay más certeza que la de la duda, ni más amor que la amistad desnuda» 

 

La música de las palmeras, el canto de los agapornis que tantas veces escuchamos juntos, el silencio que me cubre como un manto, la soledad que a la vez te gustaba y detestabas… ¿eran esas sensaciones las que han traído tu recuerdo hasta mí?
 
Esa no era la pregunta porque sabía que..

Era la certeza que acompaña la duda, de que hicimos de nuestra amistad una historia de amor desprovista de máscaras, de subterfugios, de manipulaciones y de trampas. La convertimos en un refugio en el que ser nosotros mismos era un aprendizaje para llegar a la comunión total. 
Convertimos la amistad en una huella profunda y definitiva que se grabó en el largo camino que recorrimos juntos.
Y para siempre te quedaste conmigo, incluso en tu ausencia que, igual que las agujas de un reloj, marca cada segundo de mi vida.
 
Oigo el chirrido de la verja al abrirse y me asomo. El cartero, un muchacho joven y atlético, me sonríe desde el camino que conduce a los buzones. 
Agito la mano en un saludo.
Es verano, siento la vida renacer de nuevo en aquella sonrisa confiada y decido zambullirme en ella con el gozo de saberme viva.