Pasa el tiempo…

Y aquí estamos de nuevo. Nos encontramos en el mismo momento en el que estábamos hace un año y de la misma forma nos deseamos felicidad.

Vuelvo la vista atrás y no niego que me roza la nostalgia. La nostalgia de las personas que se han ido, de las que se han alejado más allá de mi cariño, de los instantes que hubiera querido hacer eternos y que al fin han resultado más efímeros que el vuelo de una mariposa, del tiempo que ha pasado tan rápido que sólo ha sido como un trazo en el aire, de las palabras que busqué y que nunca pude llegar a encontrar a lo largo de este año que se aleja.

Pero también la añoranza es fugaz y no puedo dejar de sonreír cuando pienso en los nuevos amigos, en las conversaciones, en lo que he aprendido, en lo escrito, en lo que aun queda por escribir, en el cariño recibido, en la mano que ha estrechado la mía, en la mirada amorosa, en las palabras comprensivas, en los paisajes descubiertos, en las copas en torno al fuego de la chimenea, en la poesía, en las lágrimas derramadas por un dolor que no es tuyo pero es como si lo fuera, en la vida que ha sido más que generosa.

Más allá de la ventana hay demasiadas personas sin hogar, sin afecto, sin futuro y sin esperanza. Personas para las que no existe el brillo de las luces.

Por eso y desde mi cariño, sólo os puedo desear que para el tiempo que llega, viváis la vida con toda la intensidad posible porque tenemos la suerte de los privilegiados.

Sed felices, intentad serlo y si esa felicidad sólo dura un segundo… ya es suficiente.

A por otro año, queridos, aquí os dedico mi sonrisa que es lo mejor que creo tener.

Y por supuesto, os dejo con la música… había pensado en un tango, pero es mejor la compañía dulce de Astrud mientras voláis hasta la luna.

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Hablábamos de la fragilidad…

¿Sabes…?

Me gusta la palabra “fragilidad”, porque me sugiere el pétalo de una flor, un cristal suave, el vuelo de un ave, algún pensamiento que se escapa y se diluye en nuestra mente.

Hoy siento miedo de esa palabra, porque me doy cuenta que la fragilidad alcanza a todo lo que vivimos, a las relaciones, a la vida en general. Y no es porque no supiera que la vida en sí misma es fugaz como un suspiro, que lo sé. Es porque, aunque ya debiera haberlo aprendido, hoy me he tropezado, de frente, con esa fragilidad.

Y me ha asustado pensar que las relaciones están también sujetas a ese hilo tan fino que se puede quebrar con sólo mirarlo.

Da igual que la mistad sea sincera y que a ti te parezca sólida, que el amor sea profundo y que te parezca eterno, que la familia esté unida y que te parezca inquebrantable.

Da igual, porque en las vueltas que da la vida, vas perdiendo amigos, familia, amores, atacados por esa fragilidad que provoca que todo salte por los aires.

Personas que han compartido tus días y tu corazón y que, de repente, se convierten en extraños y no sabes el porqué ni el como desaparecen, pero que dejan una tristeza difícil de entender.

¿Y sabes…?

No quiero tener miedo de querer, de compartir por si luego todo se evapora como en un sueño.

Hay que seguir soñando y amando, porque sólo así podremos alejarnos de la fragilidad.

 

Dicen que…

… los árboles no te permiten ver el bosque.

En mi caso, las palmeras no me dejan ver el mar. Han crecido demasiado.

Pero por eso, porque no soy capaz de ver el bosque… te echo de menos.

Con la misma intensidad que en el momento en que te fuiste. Y cuando quiero marcar tu número, me doy cuenta de que ya no estás. De que ese número sigue estando en mi memoria, pero que aunque sonara la señal, tú no podrías contestar, porque te fuiste para no volver. Con ese adiós tan definitivo, cruel y doloroso que, hasta mi piel siente ese dolor tan gratuito y sin sentido.

Hoy, de otra manera, vuelve el dolor y por eso necesito compartirlo contigo.

Y, con tu recuerdo, vuelven nuestras imágenes. Los días de invierno, cayendo la nieve sobre Madrid, mientras con tu chupa y tu sombrero me enseñabas aquella ciudad que era la tuya de adopción. Los días de verano en las playas de Ibiza bajo un cielo, tan azul, que, como tu decías, era del mismo que el de mis ojos.

Tu recuerdo, se funde con mi preocupación, con mi decepción por una vida que adivino como una existencia porque vidas, estoy segura, que habrán muchas otras. Y en ellas te encontraré, me encontrarás y nos recuperaremos el uno al otro.

Porque sé que ahí se escribió. Tu y yo, no sé de que manera, no sé en qué lugar, pero volveremos a encontrarnos y te contaré todo lo que he vivido, sentido, sufrido y disfrutado, desde que te fuiste.

Busco, entre las hojas de las palmeras, que se despejan por el viento de la tarde, un trozo de mar.

No lo veo, pero sé que lo encontraré…