Algo que aprender…

Cada día me gusta menos leer el periódico, no sé si porque me cansa lo que nos cuenta o simplemente porque lo que nos cuentan es un montón de noticias manipuladas que  ya no me creo.

Pero no hay que abandonar porque alguna vez, sólo alguna vez, aprendes algo. Aunque en esta vez, no es, precisamente, nada que nos favorezca al ser humano.

Y es la palabra “Aporofobia” que significa fobia o rechazo al pobre.

Ya ves, dice la doctora en Filosofía Adela Cortina, que es el rechazo hacia quien creemos que nada nos puede ofrecer y que las raíces de ese rechazo existe en nuestro cerebro y en las condiciones sociales.

He sentido pena al leer este artículo del cual os dejo la dirección (http://www.lavanguardia.com/lacontra/20170614/423381971627/todos-los-seres-humanos-somos-aporofobos.html) por si tenéis algo de curiosidad.

¿En qué nos hemos convertido si rechazamos a las personas que por no tener nada, no tienen ni siquiera derecho a vivir?

No puedo dejar de sentir esa pena.

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Aprendí…

Todos los días de nuestra vida merecen ser vividos. Con todo lo que nos deparen. Pero hay días que permanecen en nuestra memoria de una forma muy especial.

Días en los que oscilas como un péndulo, de la alegría a la tristeza, de la resignación a la rebelión, del blanco al negro, sin matices, sin limaduras, sin concesiones.

Son esos días en los que te das cuenta de que el peaje por vivir con intensidad, es importante. Pero aunque sea así…

Seguí y aprendí a aplicar las matemáticas a la vida. Descubrí emociones nuevas mientras la brisa del mar agitaba suavemente las cortinas de mi casa. Y con un nuevo sol reinventé cada momento. Te encontré y de tus manos y de tu boca aprendí lo que es el amor.

Quizá no fue un único amor, ni siquiera un amor eterno, pero fue un amor creado de cosas cotidianas.

Formamos un universo pequeño, a nuestra medida. Los regalos que nos hicimos fueron las sonrisas por la mañana, el pañuelo para las lágrimas, el sonido de las palabras resbalando por las comisuras de los labios, las alas que nos dejaban volar a los dos libres e independientes, pero unidos.

Contigo aprendí que la vida sin pasión no valía la pena ser vivida.

Es posible que nuestro tiempo fuera limitado, pero  conocí la felicidad que se encierra en un sólo segundo.

¿Y sabes por qué? Porque fue todo tan fácil como recorrer el camino de la montaña que nos acercaba al cielo y nos hacia desear convertirnos en aquella brisa que se enredaba en mis manos y jugaba con tu pelo.

Fue todo tan sencillo que cuando recuerdo a alguien con ternura y agradecimiento, siempre pienso en ti. Contigo aprendí a amar. Por eso después de tanto tiempo ya no siento que hubiera sido mejor no haberte conocido.

Porque si soy tolerante, si sonrío, si entiendo que nada es eterno… es porque contigo lo he aprendido. Y porque ahora sé que cuando un amor se acaba es porque otros amores nos esperan.

Y solo espero ser capaz de enseñarles a amar tal y como yo lo aprendí de ti.