Y así me lo contó…

En una de las primeras tardes del verano. Cuando bajo las ramas de un sauce centenario nos protegíamos del sol que caía como una lluvia de oro sobre sus hojas. Apoyaba su cabeza, ya cubierta de cabellos blancos, sobre la lona de la hamaca, mientras con los ojos cerrados me contaba aquella historia de amor que yo pensaba que no podía existir.

¿Sabes, mi niña?, me dijo, yo nunca fui creyente. Vi, sufrí, oí, tantas cosas mientras las manos se juntaban en una plegaria y las cabezas se cubrían con velos que sólo ocultaban la hipocresía, que llegué a la conclusión de que aquel Dios, no era mi Dios, ni era para mí aquella vida en un cielo que duraría toda una eternidad.

Pero pasó el tiempo y él llegó a mi vida, y la vida pasó mientras envejecíamos. Ahora él se ha ido y yo vuelvo a pensar en esa eternidad que nos prometieron y…

¿Sabes, mi niña? Mi único temor es llegar al lugar que sea, un cielo u otra vida y que no pueda compartirlo con él. Sería como vagar sin corazón por toda la eternidad.

Sus manos descansaban sobre la falda y el pecho subía y bajaba como si en cada respiración cupiera toda su larga vida.

Las hojas se balanceaban con la brisa suave, el sol se escapaba pintado de rojo y el silencio se extendía en el aire como una sábana recién lavada.

En mi cabeza una pregunta… ¿podría un amor existir toda la eternidad?

Feliz miércoles, amigos!!!

 

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