Que no existe…

Hay mañanas que merecen ser recordadas, algunas veces no sabes porqué pero hay otras veces que ese recuerdo resulta tan evidente que, sin que te lo propongas vuelve a tu mente a lo largo del día.

Hoy, es una de esas mañanas.

He abierto la puerta de la terraza al mar, al sol, al día y lo que he contemplado tenía una belleza tan serena que la sensación física de placer me ha empezado en las uñas de los pies y ha llegado en oleadas hasta la nuca.

Y es ahí cuando casi deseo morir por no poder trasladar al  papel todo lo que siento, veo, disfruto. No soy capaz de atrapar tanta belleza y la comunión perfecta que experimento ante los tonos maravillosos del azul, del aire limpio que transparenta las hojas de las palmeras, del trino que, como una canción, se desliza por mis oídos.

Y entonces, llega ese instante mágico por lo imprevisto, en el que haría un pacto con el diablo por encontrar ese vocabulario perfecto, ese instante inexistente en el que todo está permitido. Quizá descubrir el acorde desconocido, practicar sexo con quien no está permitido, viajar a la luna en un rayo de sol mientras suena la música de Norah Jones, invocar a las musas para que me confiesen su secreto.

Luz de sol que me acaricia, aroma de café, voces que me llaman. Se ha roto la magia… volverá otro día.

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Podía…

… haber sido un día como otro, pero… viniste.

Y recorrimos el camino que bordeaba el acantilado, yo con la mirada puesta en ti y tú con la mano en mi rodilla.

Al fondo las islas parecían fantasmas que envueltos en la neblina, jugaban con las gaviotas.

La cacofonía de los grillos corría entre las rendijas de las piedras mientras el viento ejecutaba un pizzicato rozando las hojas de los pinos.

Llovía con un repiqueteo constante y el agua se colaba entre las costuras de las palabras que tejíamos con el movimiento de las manos sedientas.

Hoy ya no estás, pero queda la huella en la piel que sedienta bebió de ti.

Y así entendí que con la lluvia de la mañana… llegó la inspiración…

Y que la inspiración… eras tú…