Un poema en julio…

Acaba julio con las lluvias en el norte y el calor en el sur. Me he rodeado de árboles y soledad mientras mi mente y mis manos buscaban un respiro en la tarea de vivir cada instante y ser capaz de disfrutarlo.

Le digo adiós a julio y regreso al mar, allí donde está mi casa, pero antes de que se acabe os dejo con el sabor de la música y la poesía.

Tus ojos hablan de ti, de mi,

de un verbo posesivo,

de un infinito declinado.

de deseos escapados,

de luchas en territorios devastados,

de heridas marcadas por el tiempo.

Hablan de pensamientos encontrados,

de sueños sin futuro, ni pasado,

de caminos perdidos y evitados.

de ti, de mi,

del tiempo rescatado,

de otra vida que hemos olvidado.

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La lírica…

Demasiado lírica, me dijo, mientras echaba con algo de desgana, el papel sobre la mesa.

Le miré.

Unos ojos redondos, tras unas gafas redondas en una cara redonda.

Y sonreí.

Pensé en el arco que acaricia el violín, en el murmullo del viento jugando entre las hojas, en las zapatillas de la bailarina deslizándose sobre la madera, en el murmullo de un ave pequeña y esquiva, pensé…

¿Demasiada lírica?

Su mirada se hizo inquisitiva.

Volví a sonreír, porque lo que él no sabía, y nosotros sí, es que la lírica sólo sale de la profundidad de uno mismo.

Porque…

Mi canto es mi lírica y mi lírica es mi alma que renace en cada verso que escribo.

Feliz semana, queridos…

Me pidió…

Me pidió Leha (https://lehahiah0909.wordpress.com/) que le escribiera un poema…

Deja que el mar te acaricie,
que el agua bese tu piel,
que la sal traiga suspiros,
y las olas tu placer.

Deja que el mar te acompañe,
que tus sueños viajen con él,
que la luna lo refleje
en tus alas de papel.

Deja que el mar te seduzca,
que sea tu amigo fiel,
y que las olas de marzo,
alejen tu padecer.

Deja que el mar y su calma,
en un nuevo atardecer,
paso a paso y susurrando
nos reúna junto a él.

Feliz lunes, Leha y para todos los que os asomáis a esta ventana. Os dejo con la voz única de Leonar Cohen… nadie como él.

 

 

Poetizando…

En tu mirada azul se han borrado las palabras.

Una sombra de tristeza, de duda no declarada.

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De inquietud, desasosiego, se extiende lenta en tu cara.

Buscas entre tus recuerdos aquella noche incendiada.

De pasión, de fantasía de dos cuerpos y una cama.

Una luna, hoy de hielo,  marcó aquella noche mágica.

Dejando en vuestra piel caminos de sal y agua.

Ya tu color no es azul y tu mirada es amarga

¿Dónde queda aquel recuerdo en  esa noche callada, cuándo tu cuerpo y el suyo rompieron la madrugada?

Un cuento…

… pequeño…

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

Mira, me dijo, tirando con energía de la manga de mi chaqueta mientras me mostraba con orgullo el reloj.

Rodeado de pequeños, y afanado en dibujar soles y pájaros, plantas y mariposas, sólo pude hacer un comentario  ¿Te has dado cuenta de que marca la misma hora que el reloj del campanario? Le  indiqué con un gesto.

reloj2

El niño no miró hacia el campanario, me miró con sus ojos rasgados y oscuros que se quedaron prendidos de los míos, con una expresión antigua e insondable. Vi desfilar por su fondo palacios blancos con paredes recubiertas de oro, hombres de armadura, fuego, destrucción, una mujer que lloraba sujetando a un niño,  un cóndor atravesando el cielo en vuelo bajo. Imágenes, imágenes que se sucedían una tras otra y que me hicieron perder la noción del tiempo. Aparté la mirada y volví a la realidad como si despertara de un sueño. Sacudí la cabeza y vi como el muchacho se alejaba despacio para sentarse en el suelo con las piernas cruzadas y cubiertas por el poncho multicolor que caía sobre sus hombros.

Pasado un rato el último chiquillo se alejó riendo con un lagarto pintado sobre el dorso de su mano.

Estiré la espalda mientras miraba la hora y al hacerlo comprobé que el pequeño del reloj seguía sentado en el mismo lugar. Parecía dormitar. Me acerqué con una sensación de inquietud que no quería reconocer.

¿Quieres que te pinte algo, aunque no sea tan bonito como tu reloj?, le dije.

El pequeño se levantó y se acercó a mí.

Me mostró su muñeca de nuevo, cogí su brazo y al mirarlo un escalofrío me subió por la espalda.

… la saeta del reloj  había recorrido los minutos que yo había utilizado en pintar las manos de los otros niños.

Palidecí, el niño me seguía mirando, pero esta vez… sonreía.