PALABRAS Y MUSICA

Una estupenda entrada de un amigo. http://wp.me/p8M3IV-9H

Anuncios

CANCIONES INMORTALES: “NE ME QUITTE PAS”

Hoy os dejo la entrada de un buen escritor y amigo para que le conozcáis (https://lamaletademaxweb.wordpress.com/).

Llama especialmente la atención la versión inglesa de la canción “Ne me quitte pas” que, no tiene nada que ver en la letra con la del autor Jacques Brel.

La Maleta de Max F.

En 1959, un cantante belga de nombre Jacques Brel, cuya carrera artística la desarrollaba en Francia compuso una de las canciones de amor más bellas de todos los tiempos. Para muchos la más bella.

brel1

Se llamaba “Ne me quitte pas” y más que una canción de amor era una canción de desamor. Brel la creó como una especie de penitencia personal, por no haber sabido conservar el amor de la mujer con la había compartido una pasión amorosa durante cinco años. Brel, casado en Bélgica y con tres hijas, abandonó a su amante francesa al saber que estaba embarazada. Suzanne Gabriello se llamaba y era una actriz y cantante cómica del music hall parisino, era una de las componentes de un trío famoso en aquellos años “Les filles de Papa”. Jacques Brel compuso la canción en la que, paradójicamente,  le pide, le suplica  a su amante  que no le abandone…

Ver la entrada original 982 palabras más

Summertime…

… te he mirado a los ojos…

Y en ellos he visto la puerta que me lleva al verano.

Hace tiempo que las mantas desaparecieron del sofá,

Y ahora los insectos coquetean con las flores,

mientras tu mirada

me promete todos los tonos del azul.

El paisaje desde mi ventana,

las manos que acarician,

mis zapatos rojos nuevos,

el poema por escribir,

la luz, los amigos,

el cielo que te espera

mientras la música te presta sus alas.

 

 

!FELIZ VERANO!

Poetizando de lunes…

 

La vida se mueve

Entre luces y sombras

Con el aliento de los deseos que nos atan

Yo me dejo llevar

Como un suspiro dulce

Que templa las horas de la tarde

El camino me mira

Deshaciéndose en promesas

Que deja entre mis manos

Cierro los ojos

Y oigo su llamada

Entre las piedras que silban mi nombre

Los árboles

Me engañan con su sombras

Y se enredan en mis pensamientos

Extraño el camino

Pero sé que me pertenece…

 

 

Estupendo lunes y feliz semana para todos…

O quizá no…

 

Aquel era mi día de suerte. O por lo menos así lo sentía yo mientras comía con deleite la chocolatina que me había comprado mi madre a la salida del colegio. Comer chocolate no era demasiado importante si no fuera porque con aquellos aparatos que llevaba en la boca, por los cuales mi hermano me llamaba “ferramenta”, tenía casi prohibido comerlo.

Dedicada como estaba a chuparme concienzudamente los dedos, cuando entramos en el portal de nuestra casa, no presté demasiada atención a lo que le decía Marita, la portera, a mi madre. Sólo cuando terminé con los restos de chocolate que se repartían generosamente por toda mi mano, atendí a su conversación.

— Pero Doña Lourdes, es que viste muy extraño, y siendo joven como es, no se oye barullo en su casa, además, le he visto alguna vez con un instrumento de música muy raro. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo algo parecido a “obús”

—Marita— respondió mi madre — querrá decir oboe ¿no?

—Pues eso, Doña Lourdes, un ooooboe de esos que dice usted, pero ya le digo, que yo no me fío un pelo. Como le dé por tocarlo todo el día, estamos apañados.

—No se preocupe mujer— respondió mi madre — que a los vecinos no nos vendrá mal un poco de buena música. Tengo los oídos destrozados por los ruidos a los que nos tiene acostumbrados el nene de la del quinto aporreando el piano.

Dicho esto y antes de que Marita replicara de nuevo, nos dirigimos rápidamente al ascensor. Allí después de comprobar frente al espejo que no quedara ni un rastro de chocolate, me puse a pensar en aquel enigmático personaje.

Debía ser una persona muy especial —razoné. Había hecho salir a nuestra buena portera de su garito, cosa que no sucedía de habitual, ni siquiera cuando venía el lechero que era, en aquel momento, el objeto de sus amores.

A mí, que en aquella época estaba en lo que dan por llamar “la edad de la curiosidad” las palabras “extraño”, “rarísimo” y demás adjetivos, me habían despertado la imaginación. Y lo que se dice imaginación, pues a mí no me faltaba. Tan sólo con mirar los dibujos que formaban las baldosas del suelo, ya me había montado yo una historia de hadas y brujas. Así que llevada por una  combinación entre curiosidad e imaginación, sentí la necesidad imperiosa de saber algo más sobre aquel joven que tocaba un extraño instrumento cuyo nombre ni Marita ni yo conseguíamos memorizar.

Tenía que dedicar mis esfuerzos a localizar en qué piso vivía aquel extraño músico.

Aquellos días mis padres llegaron a pensar que me pasaba algo extraño. Mis paseos en torno a la puerta eran frecuentes y más de una vez me pillaron encaramada a la banqueta de la entrada atisbando por la mirilla el paso de mis vecinos por la escalera.

—Cariño, ¿qué haces subida a esa banqueta? —dijo mi madre una tarde que me encontró encima—. Miedo me das cuando empiezas a hacer esas cosas extrañas. ¡Anda, baja y vete a tu cuarto a estudiar, que falta te hace!

La expresión de extrañeza de mi madre, me hizo comprender que mis pesquisas debían ser más discretas. De lo contrario corría el riesgo de que me prohibieran acercarme a la puerta. De repente, se me ocurrió una idea magnífica. ¡El ascensor!

Nuestro viejo ascensor era de aquellos que parecían una jaula que descendía por el hueco de la escalera. De hierro y con adornos dorados en las puertas. Cuando subía y bajaba traqueteaba como una locomotora y por los huecos veías quien lo ocupaba. Esta fue la solución. Cada vez que estaba en casa y oía crujir su mecanismo abría la puerta lentamente para observar a través de las rejas de la caja del ascensor si se trataba de mi objetivo. ¡La de excusas para abrir la puerta que llegué a inventarme en aquel tiempo!

Pasé muchos días espiando a todos los vecinos y ya estaba empezando a perder la emoción y hasta casi la curiosidad, cuando mi paciencia se vio recompensada.

Un buen día en el momento que abría la puerta para irme al colegio casi me doy de bruces con un muchacho alto, de piel pálida y con una coleta de pelo claro, que le caía a lo largo de la espalda. En la mano llevaba un estuche alargado de piel negra que me llamó la atención. Pensé: “Es el extraño”.

—Hola preciosa —me dijo. Y sacando un llavín se dirigió hacia el piso que estaba enfrente del nuestro y que llevaba largo tiempo deshabitado.

Tengo que decir que me llevé tal sorpresa al comprobar que después de tanto espionaje lo tenía allí y que era nuestro vecino, que no supe que contestar y  pasé corriendo por su lado sin esperar siquiera al ascensor.

Aquel encuentro avivó de nuevo mi curiosidad. Seguí con mi plan. Por el patio interior que separaba nuestras casas podía contemplar tranquilamente la suya. Las cortinas siempre estaban descorridas y en algunas ocasiones las ventanas abiertas.  Me pasaba los días asomada a aquel patio interior y contemplaba sus idas y venidas, pensando en qué momento descubriría la faceta extraña de mi vecino.

El casi siempre estaba sólo, pero yo alguna vez veía, con auténtica envidia, a una muchacha joven, que entraba en la casa con vaqueros ajustados y agitando una melena rizada. Los ojos de él brillaban con un brillo especial al contemplarla. El día que  esto pasaba, las cortinas de la casa se cerraban y yo oía la risa cantarina de ella y sus pies descalzos recorrer el pasillo diciéndole a él cosas que yo no alcanzaba a comprender.

—Es croata —decía Marita a Doña Concha.

—¿Quién, el chico? —respondía ella

—No, él no, su novia. Y mire que se pasan juntos horas y horas. A saber lo que harán —decía Marita mirando al cielo como si alguien desde allí le pudiera dar la respuesta y no Doña Concha.

—¡Si es que esta juventud¡!—respondía Doña Concha.

Y yo que pasaba en aquel momento cerca, me preguntaba qué es lo que era malo, ser croata ó ser joven, y no entendía de qué hablaban, así que fui como cada día a mi punto de observación.

Aquel día estaba sólo, y vi que tenía en la mano su estuche negro al que acarició con dulzura como si fuera un niño. Lo abrió y de su interior sacó un tubo largo y extraño que sostuvo entre sus manos. Lo tocaba con tanto cuidado que pensé por un momento si no sería de cristal. Después de mirarlo durante un rato lo aproximó a su boca. Al hacer el gesto levantó su mirada y se encontró con la mía.

Me había descubierto. Quise separarme de la ventana, cuando de repente, de aquel tubo empezaron a salir unos sonidos bellísimos, que poco a poco traspasaron el aire y se enredaron en mis manos, en mi pelo. Acariciaron mi piel y se convirtieron en pequeños puntos de luz que atraparon el azul de la tarde. No pude moverme, me sentí atrapada por aquella melodía. Fue entonces cuando los ojos se me pusieron en blanco y creo recordar que desde mi poca edad y mi escasa altura fue la primera vez que me enamoré.

Me acostaba y mientras veía a través de la ventana el cielo cuajado de estrellas cerraba los ojos y soñaba despierta. Soñaba que cuando tocaba su música era para mí y que cuando las notas se elevaban por el aire y cruzaban el patio convirtiéndose unas veces en risas y otras en llanto, también eran para mí. Y así envuelta en la música, transcurrieron muchas tardes de aquel largo otoño de mi casi perdida infancia.

Una tarde cuando había caído el sol, vi que la muchacha de pelo largo y mirada brillante entraba en la casa. De nuevo se corrieron las cortinas, pero aquel día no oí sus pies descalzos recorriendo el pasillo. Oía voces y no entendía nada. Me acerqué más a la ventana y sólo oí una frase muy clara:

—No eres nada sin la música. Tan solo un fracasado que ha perdido un sueño —decía la muchacha con un tono de voz en el que solo se percibía el rencor.

No oí la respuesta del muchacho. Una puerta se cerró con un golpe. Luego un silencio terrible que se rompió por un ruido seco que procedía del fondo del patio.

Me alejé triste y pensativa. Aquella tarde no se escuchó la música. Por la noche dormí inquieta, sin soñar. Al día siguiente, impaciente por  saber qué había pasado me asome a la ventana. Allí estaba Marita, como todos los días, barriendo el patio interior.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Pues nada, hija, barriendo. Hoy he tenido algo más de trabajo. Parece que a tu vecino, se le ha caído ese trasto, el oboe que dice tu madre y se ha destrozado. Una pena, aunque a él no le sirviera para nada.

—¿Por qué no le servía para nada? —le pregunté.

Marita puso cara de conspiradora y levantó la cabeza.

—¿Sabes? Doña Concha me dijo un día que el pobre muchacho tiene una mano inutilizada y que lo ha intentado todo para volver a tocar. Pero no lo ha conseguido. Decían que tenía una prometedora carrera.

Quise protestar y decirle que sí que tocaba, pero algo me dijo, que si le decía aquello podría pensar que me había vuelto loca.

Me senté sobre la cama, cerré los ojos y volví a escuchar la música. Pensé si todo aquello había sido un sueño. Me levanté y miré hacia las ventanas de mi vecino. Estaban cerradas y las cortinas corridas. La  música del oboe seguía sonando en mis oídos y fue cuando comprendí que aquella música solo había sonado para mí. Sentí que algo me dolía en el corazón. No supe cómo darle nombre en aquel momento. Luego supe que aquel “algo” que sentí se llamaba nostalgia.

No volví a ver a mi vecino, ni supe cuando se fue ni qué había sido de él. Pasaron los años y volví a oír el sonido de un oboe en otras ocasiones. No recuerdo si me gustó mucho o poco su sonido. Lo que sí recuerdo es que  nunca conseguí que la música se enredara de nuevo entre mis manos y en mi pelo y se convirtiera en puntos de luz que atrapaban el color de la tarde.

Como sucedió, o quizá no, en aquellos días de otoño.

El Niño Miguel…

Miguel Vega de la Cruz mejor conocido como “Niño Miguel” fue un guitarrista español, hijo de Miguel “El Tomate”. Era considerado, a pesar de la inconstancia de su carrera, uno de los grandes intérpretes del flamenco.

A causa de su terrible adicción a  la heroína y su enfermedad (esquizofrenia), “El Niño Miguel” vagaba, con su guitarra por las calles de Huelva tocando por unas monedas, siendo también conocido en la capital como “el niño tres cuerdas” por el número de cuerdas que poseía su guitarra.

Alejado por completo del circuito profesional, su actuación en marzo de 2005 en la Sala Joaquín Turina, dentro del ciclo “Jueves Flamencos” de Sevilla, supuso una de las pocas oportunidades que los aficionados tuvieron en años, de disfrutar de su guitarra.

Grabó dos discos, “La guitarra del niño Miguel” y “Diferente”. Se presentó pocas veces en los escenarios y de hecho, la III Bienal de Flamenco fue casi su despedida.

Murió el 23 de mayo de 2013.

 

Un músico maravilloso que  he llegado a conocer gracias a Ana G. que me hizo llegar un vídeo suyo. Las notas de su guitarra vuelan en el aire dejando un rastro de emoción y belleza. Una vida paralela llena de melodía, libre de todas las ataduras que le sujetaron en su otra vida.

Igual que Paco de Lucía, nos dejó un artista magnífico, pero con un legado musical que nos hace estremecer.

Te lo dije…

… bien clarito…

Me gusta la noche,

Me gusta la risa,

Me gusta el mar,

Me gusta la brisa,

Me gusta la tormenta,

Me gusta tu mirada,

Me gustan tus ojos,

Me gusta el sol,

Me gusta la mañana,

Me gustan los amigos,

Me gusta escribir,

Me gusta lo vivido,

Me gustan tus manos

… y todo lo que en ellas provoco…

Y… me gustas tú… sí tú…

Un adiós con música…

… se fue, pero su música quedó con nosotros.

Se fue, pero cuando sintamos que las notas de su guitarra se enredan en nuestro pelo…

… nuestro corazón, por unos instantes, crea alcanzar el cielo…

… y nuestra piel sienta una caricia que va más allá del tacto de la piel…

Volverá a estar entre nosotros… Paco de Lucía!!!

Feliz viernes de nostalgia por la pérdida, pero de alegría por lo que tiene de eternidad…

Sí…

… la luz ha entrado despacio y ha bordeado los extremos de mi cama…

Me ha dado un beso suave, mientras yo aún soñaba.

No quiero despertar, pero alguien me espera…

… ¿eres tú?…

Pensé que eras un sueño…

Sí, me has contestado, soy tu sueño…

… déjame volar como el viento salvaje y que el sople a través de tu corazón…

… y la semana empezó.

Feliz semana a todos. Sed felices o por lo menos, intentadlo!!!

Desde aquí…

… te miro…

Las notas de la improvisación rebotan en el aire y sobre ellas, me dejo llevar hacia ti.

Suspendida del último acorde tu mirada se ha enredado con la mía.

A tu alrededor,

La luz, compañera de la tarde, agoniza y se evapora en amarillos y dorados.

Mientras los ojos claros dibujan una nueva sonrisa.

Te acompañaría a doblar todas las esquinas de tu vida… me has dicho.

Y la música ha dejado de sonar…

Feliz viernes, queridos todos…