Volví con el tiempo de otoño…

Cerré puertas y ventanas y con el aroma de la sal pegado a mi piel emprendí el regreso. Dejé atrás el tiempo de los días largos y las noches cortas, al mirlo de pico amarillo que, como todos los años, volvió a visitarme, el chiringuito al lado del mar, a la luna que planeaba en plata sobre el agua, el mar, mi querido mar con sus azules mágicos y…

Regresé con el tiempo de otoño.

Me encontré con los ocres, dorados y amarillos que ya apuntan en el nuevo paisaje, las uvas, las granadas y las avellanas que anuncian su llegada, las hortensias que nos prometen su azul, la suavidad del atardecer, el canto del zorzal, el aire aún cálido nostálgico del verano y…

Me encontré con la sonrisa de los amigos, los nuevos proyectos, la calidez de lo cotidiano y el sol pálido que iluminará cada nuevo día cuando amanece.

Feliz de encontraros a todos!!!

 

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De otoño…

La lluvia cae silenciosa y los últimos haces de luz de las farolas reflejan las gotas de agua que se pasean por el pavimento sin ningún destino.

Dicen que ya empezó hace días, pero es hoy cuando he sentido en mi piel, en mi corazón y en mis ojos, el otoño. He recorrido las calles mudas y me he sentido observada por las ventanas, ojos que todo lo ven y guardan un sinfín de secretos.

El otoño me envuelve con su luz suave, su promesa de sol, sus tonos naranjas, ocres y dorados. Las hojas amarillas crujen bajo mis pies y su sonido me recuerda las letras de un verso. Las castañas crepitan mientras saltan sobre las brasas de la chimenea y los libros nos esperan junto a su calor. La naturaleza  duerme y espera los días luminosos.

Y nosotros contemplamos su belleza frágil y silenciosa mientras soñamos los minutos, los días… la vida.

Todo en otoño es silencio.

Dejaros acariciar por su música… sea cual sea la estación en la que vivamos.

Te soñé…

… en el tiempo de otoño…

Cuando las gotas de agua repicaban sobre el cristal dibujando senderos que me llevaban a ti.

Te soñé, cuando las hojas cambiaban de color y susurraban al viento  tu nombre.

Cuando las ventanas se cerraron intentando guardar tu aliento.

Te soñé cuando en el rescoldo del hogar un papel calcinado hablaba de ti.

Cuando las palabras se tiñeron del olvido y su color.

Te soñé cuando las caricias se deshicieron en un vaso olvidado.

Cuando los besos se condenaron a muerte.

Te soñé cuando el cuerpo se convirtió en un extraño.

Cuando los suspiros viajaron lejos y libres.

Te soñé y…

… te sigo soñando…

Noviembre…

Descendió despacio, planeando entre un viento suave.

Ella la contemplaba a través de su ventana y envidió el color cobrizo de sus planos. Su libertad y ligereza para volar entre todos los obstáculos que existían en el camino.

Quería asomarse más allá del horizonte. Adonde le esperaba la vida. Donde su meta se adivinaba cada vez más cercana.

No deseaba ser más bella, ni más rica, ni siquiera más sabia… sólo quería ser feliz.

Cerró los ojos expresando un deseo.

La hoja revoloteo y como atraída por su mente, se posó en su mano.

Ella sonrió…

Con el otoño…

… llegó tu sonrisa imaginada.

La puesta de sol, rompiendo en mil colores un cielo que prometía azules, dibujó al atardecer una paleta de rojos y anaranjados.

Ya está aquí , pensé.

Es el tiempo de las uvas, de las manzanas. De los membrillos y las castañas asándose frente al hogar.

De las mantas y los libros en las tardes en que el sol agoniza con susurros velados.

De la nostalgia y acaso de la melancolía.

Del tiempo pintado en rojos, amarillos, dorados y ocres.

Del viento, que se enreda en nuestros pensamientos, evocando otro tiempo y otra estación.

Del agua, que cae dibujando caminos a ninguna parte.

Es la puerta del invierno que se abre mientras, como una sinfonía, suena el crujido de las hojas.

Es el tiempo de otoño.

Feliz otoño de locuras y ternura…!!!

De otoño…

Los días eran blancos y azules.

El cielo, inquieto e indeciso, se cubría de pequeñas hebras algodonosas que viajaban sin descanso. Se resistía, igual que nuestra piel rebosante de sabor a sal,  a olvidar el tiempo de verano.

Pero una noche  los vientos descendieron desde la montaña.

Silbaron sin parar mientras se colaban por los entresijos de las ventanas, invadían nuestros sueños y se instalaban sobre los cobertores.

Las aspas del viejo molino chirriaron en un vano intento de emprender el vuelo y sentirse vivas.

El búho y su eterna sorpresa, encerraron la cabeza entre sus alas y durmieron.

Las ovejas, con sus balidos, se removían inquietas en los apriles.

Las hebras descubrieron el viento  y alegres, se reunieron formando nubarrones.

El sol no madrugó y la mañana nos descubrió los árboles desnudos y el suelo cubierto de rojo, , dorado, amarillo y ocres.

Sus murmullos de sorpresa y desconcierto nos recibieron.  

Todo había cambiado y las hojas fueron las primeras en darse cuenta que había llegado el otoño.

 

El otoño llegó suave, como la sonrisa olvidada en la boca del niño.

El deseo ardiente del verano limó sus aristas hasta convertirse en hoja que, viajó entre piedras milenarias, para olvidar su luz y convertirse en humo.

El otoño llegó suave, convirtiéndolo todo en recuerdos.

Intentad ser felices este otoño!!!

La autora…

“La noche era fría y oscura”… del, del, del… “La fría noche la envolvía con su oscuridad”… del, del, del… “Ana dormía mientras la oscuridad y el frío de la noche”… del, del, del…

El destello desolador de una página en blanco ilumina tenue la habitación, mientras el joven aspirante a escritor se desespera. Son las dos de la madrugada y los minutos caen, pesados como losas, mientras es incapaz de trenzar dos líneas. Su mente se centra en la idea recurrente de que está a punto de perder su mejor, quizá su única oportunidad, de hacer realidad el sueño de convertirse en escritor. La emoción y la alegría de cuando recibió la invitación a participar en un libro de relatos cortos ha quedado atrás, sepultada por las noches de insomnio ante el ordenador y los días durmiéndose por la esquinas, que a punto le han estado de costar el lugar de trabajo.

Esto no es lo que yo esperaba, piensa.

Necesita despejarse y de forma impulsiva coge las llaves de la moto y el casco. Montado en su Harley rasga el silencio de un miércoles de octubre mientras recorre las calles desiertas de su ciudad. El aire fresco de los primeros días de otoño actúa como un bálsamo que le serena el ánimo aunque no le trae la inspiración.

He de encontrar una buena idea. Sólo necesito eso, un buen punto de partida. Sabe que aunque su estilo no es ni mucho menos perfecto, lo importante de un relato es su fuerza y que ésta nace siempre de una buena historia.  Mientras conduce recuerda la presentación a la que asistió el viernes anterior.

Se encontraba paseando por las calles del centro de la ciudad, buscando, ya de forma bastante desesperada, alguna experiencia, alguna imagen, sobre la que escribir. Al pasar por delante de unos grandes almacenes se fijó en el cartel promocional de la presentación de un libro. No tenia prisa, no le esperaban, y pensó que quizá podría aprender algo. La poca fe, o la soberbia con la que entró en la presentación se transformaron en respeto al empezar a leer el libro que compró a la entrada. Y aquel respeto mutó en profunda admiración cuando escuchó a la autora explicar detalles del proceso de su escritura. Al final de la presentación, se acercó para que le firmase el libro, le comentó que él también era escritor, una pequeña mentira vanidosa, y que próximamente una editorial que ella también conocía iba a publicar algo suyo.

Si tuviese la mitad de su talento,  piensa ahora.

Aparca la moto en el parking y sube a casa dispuesto a realizar un intento desesperado. Son las tres y media, pero aún así le manda, a la escritora, un correo electrónico con el título “Hola” explicándole cómo ha disfrutado con su libro. Se queda mirando la bandeja de entrada durante unos minutos sin ninguna confianza en recibir respuesta. Y de repente… clink. El ordenador emite un sonido, aparece un uno entre paréntesis al lado de la bandeja de entrada y en la vista detallada un correo “Re: Hola”.

Increíble, está despierta, piensa.

El joven escritor se sienta ante la página en blanco, ahora ya no le da miedo. Empieza a teclear:

““La noche era fría y oscura”… del, del, del… “La fría noche la envolvía con su oscuridad”… del, del, del… “Ana dormía mientras la oscuridad y el frío de la noche”… del, del, del…”

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La claridad del atardecer rompe en rojo la línea del horizonte mientras una luz tenue inunda el cielo de la ciudad. Las farolas titilan en haces luminiscentes e iluminan una terraza en la que la autora toma pequeños sorbos de una taza que rodea con sus manos.

Su gesto es algo preocupado mientras retira de su frente unos mechones de pelo rebelde en los que se adivina alguna cana.

¡Han pasado tantos años!, piensa, mientras escucha la cacofonía de la ciudad que se prepara para el sueño.

Mañana habrá otra presentación, otro libro nuevo. Ya casi ha perdido la cuenta de todo lo que ha escrito. Pero… esta vez es diferente.

Sabe que todos piensan que ha triunfado. Sus libros adornan las más conocidas librerías de todas las ciudades del mundo y su nombre se escribe con ese tamaño de letra que sólo está reservado a quien ha alcanzado el Olimpo de los escritores. Da igual que tengas o no una silla en la Real Academia, lo importante es que muchas manos sostengan un libro con tu nombre y que las arcas de las editoriales se llenen con las ganancias.

La autora suspira. ¿Dónde quedó su sueño? Aquel sueño hermoso en el que escribía con entrega, más allá de los condicionantes del éxito y del dinero. ¿En qué recodo del camino alguien le ofreció un jugoso caramelo y ella lo tomó sin preguntarse si era suficiente?

No lo sabe, pero después de tanto tiempo, ha comprobado que no lo era. Mira lo viejos álamos, movidos por la brisa de un otoño incipiente, que adornan la avenida y acuden hasta ella los viejos deseos olvidados.

Escribir, escribir, escribir. Retratar la vida, la gente, las pasiones, los lugares. Contemplarlos con los ojos, describirlos con el corazón. Descubrir las historias que le eran ofrecidas día a día y encontrar a la vuelta de cada esquina un motivo que despertara su pasión y poderla llevar al papel.

En el libro que presenta mañana se arriesgó y ahora tiene miedo. Miedo de que este libro en el que ha colgado el corazón y ha volcado la pasión negada a todos sus demás libros, no tenga el éxito de los demás.

El café se ha quedado frío en la taza. El ronroneo suave y característico de una Harley circulando frente a la terraza, le hace levantar la cabeza. Otro de sus sueños no cumplidos… conducir una Harley.

Otra vez suspira, pero esta vez sonríe.

Ella no puede con una moto de ese tamaño, piensa. Ni tampoco, seguir escribiendo como lo hacía.

Una mesa y tres personas en ella. El editor, siempre presente, y una amiga. Una gran amiga que ella sabe que hará una presentación sincera y admirada.

Viejos ritos para nuevos libros, piensa la autora.

Levanta la cabeza y la cantidad de gente que ve le impresiona. Nunca podrá acostumbrarse a enfrentar tantas miradas en las que descubre, más allá de ellas, nuevas historias.

Vuelve a aletear en su estómago la incertidumbre.

Llega el silencio y el editor repite los mismos elogios de siempre. La concurrencia aplaude con fervor pese a que debe haberlo oído muchas más veces.

El turno de la amiga. Y es aquí donde la autora se reconoce porque sabe que su amiga ha compartido y comprendido su necesidad de cumplir un sueño.

Siguen los aplausos y la autora piensa si se han dado cuenta de que ella se ha convertido en otra persona. Si les gustará a ellos como escribe esa nueva persona.

Uno tras otro llegan llevando en las manos su libro. Le piden sus deseos. Ella los mira a los ojos mientras repite sus nombres e intenta que se vayan felices por sus particulares dedicatorias. Se sigue preguntando si han entendido.

Ha firmado muchos libros y está algo cansada, pero de repente levanta la mirada y encuentra otra que la observa con atención. Ojos oscuros detrás de unas gafas. Una chupa de cuero digna de una Harley. Pasa por su mente, veloz, el recuerdo de la noche anterior, el sonido de la moto frente a su terraza. Es un chico joven el que la mira entre curioso y admirado. El también escribe, le dice. Publicará dentro de poco.

La autora, con un toque de intuición, siente una pasión similar a la suya en las palabras del muchacho. Le anima, le deja su correo, cosa poco frecuente, y sigue firmando ejemplares. Con el rabillo del ojo observa al muchacho que, casi con esfuerzo, se aleja.

Vuelve a caer la noche sobre la terraza. Los álamos duermen. La autora con gesto cansado apura, esta vez con más urgencia, su café. Entra en la casa se acerca al ordenador y mueve ligeramente el ratón. Se ilumina y abajo en la parte inferior, un pequeño destello le indica que acaba de recibir un email.

¡Las tres de de la mañana!, se sorprende.

Lo abre con algo de curiosidad.

“… todos creen saber algo de usted, pero solo después de leer su libro creo que se puede decir que…”

La autora sonríe mientras recuerda la mirada de unos ojos oscuros detrás de las gafas y piensa; “los dos hemos encontrado una buena historia”