Recuerdos…

Busco en el tiempo tus ojos verdes y allí me asomo. Veo tu fortaleza, tu seguridad. Todas las barreras que derrumbaste y que yo hice mías. Nunca quise parecerme a ti. Yo tenía que volar sola. Y ahora, pasado el tiempo, madre, quisiera dejar de ser en algunos momentos yo, por parecerme a ti.

Feliz día Madres!!!

Regreso hilvanando recuerdos…

Sí, poco a poco, igual que cuando reúnes esos trocitos de colores en un patchwork. Recuerdos que sabías no olvidados, pero que se habían relegado a lo más profundo de la mente. ¿Para no sufrir? Quizá!!!

Porque así llegaron aquella tarde, en que bajo las columnas del pórtico acudieron como conjurados por no sé qué espíritu.

Volvía el atardecer. Yo, con mi  libro entre las manos y tú con tu eterno sombrero sobre los ojos, haciendo la siesta sobre la hamaca  El aire era leve, tan leve, que todo podía parecer un sueño en blanco y negro. Las moscas revoloteando y las rosas lanzando su imposible olor a primavera.

Hubiera querido alargar mi mano y guardar la esencia de aquel instante en mi puño. Pero, en ese momento no lo hice, y ahora pasado el tiempo, regreso a ese lugar y compruebo que tu hamaca se balancea impulsada por la brisa, que mi libro está cerrado,  que las rosas siguen frescas pero ya no me emociona su olor.

Cierro los ojos y en mi recuerdo la hamaca se hunde por tu peso, mi libro se abre de nuevo y el sombrero se impulsa al ritmo de tu respiración.

Y entonces, entonces, el dolor me recuerda que tu ausencia es tan definitiva como lo son todas las muertes.

Y me cubro con esa manta hecha de recuerdos y sonrío de nuevo, porque sé lo que a ti te gustaba mi sonrisa.

Y así os la regalo… a mi regreso.

La tarde…

La luz desciende como oro líquido y arranca un susurro de las hojas que duermen. Oigo el sonido de la tarde que despide el día suavemente, como un cuchillo caliente penetrando en la mantequilla.

La vida que, hasta ese momento, bullía a mi alrededor, se ha recogido en si misma y el sueño con pasos lentos ha llegado hasta mi cama.

Me pregunto si tu llegarás con el sueño o quizá, solo formas parte de él. No sé si fue la distancia o las letras lo que me acercó a ti, pero la realidad de tu existencia es tan avasalladora, que la siento como una huella indeleble en mi piel.

Cuantos fueron los caminos que recorrí para encontrarte, las heridas que tuve que cerrar para llegar a conocerte, a que oscuro rincón de mi mente me alejé intentando olvidarte.

Todo se recoge en esta tarde incendiada, que me habla de ti y me recuerda que no es suficiente con amarte para que te conviertas en realidad.

“Y allí, detrás de la sombra de la luna,

Nos encontraremos.

Te regalaré los caminos que construimos,

Los hilos invisibles que nos unieron,

La certeza de que te amo,

Y la locura de saberlo”

María G. Vicent ©

 

(Imagen de Pixabay)

Un buen día poetizando…

He abierto los ojos,

cerrado las puertas,

tomado en mis manos

una vida incierta.

Empiezo el camino

con miedos y penas

pensando olvidar

recuerdos que acechan.

Extiendo mis alas

rompo las cadenas

olvido el pasado

busco las certezas.

Lloro de alegría

destierro las penas

mi alma se abre

de esperanza llena.

Hoy, hoy, hoy es un buen día para abrir la ventana y volar. Volar alto y lejos y dejar que sólo el aire nos impulse.

(Imagen de Pixabay)

 

Leer con amigos…

Con la caída de la tarde y ya con el otoño que nos hace más que guiños, os propongo el libro de uno de los primeros blogueros a los que seguí.

Se trata de Jorge Moreno (https://jorgemorenomunoz.wordpress.com), un autor muy polifacético.

El libro de Jorge, nos ofrece un recorrido entre la reflexión y el humor. Los diálogos son fluidos y te arranca en más de un momento la sonrisa. Su protagonista, David, inseguro y negativo, inicia un camino con Laura que no sabe hasta donde le llevará, pero cuando lo  empieza a transitar, por nada desea abandonarlo.

El mundjorge-morenoo no se acaba para David cuando Sonia le deja por un monitor de gimnasio diez años más joven que él. Es el momento de disfrutar de todas esas cosas que siempre había querido hacer, hasta que ella se dé cuenta de su error y decida volver a su tranquila y aburrida vida. El único problema es que para David la frase “Si algo puede ir mal irá mal”, más que una reflexión es una realidad, hasta tal punto que cuando le pasa algo bueno es incapaz de asumirlo. Y si no lo crees, pregúntale a Laura.

Es un libro con el que he disfrutado por su aire joven, divertido y con un mensaje de optimismo, que se refleja en la evolución del protagonista.

Sé que el éxito de Jorge ya está asegurado, pero aquí queda mi modesta aportación y mi sugerencia para que, en una tarde otoñal y al atardecer, os animéis a leerla.

Que te vaya muy bien, Jorge…

 

 

 

 

En el recuerdo…

Cuando viajas, siempre hay imágenes que se quedan prendidas de tus recuerdos con más intensidad que otras. En esta ocasión no sabría cual elegir entre todas ellas.

Me quedo con…

La línea roja del mar que asomaba por mi ventana cada amanecer, los paisajes lunares y las retamas sin florecer que rodean al Teide, la pesada arena oscura de sus playas.

Las poinsenttias gigantes, las esterlicias o aves del paraíso, los espinos blancos y rosados, los flamboyanes rojos sobre verde intenso, las lanzas del tajinaste rojo que suavizan el paisaje en las Cañadas del Teide, el drago milenario y antiguo, fuente de leyendas.

Las casas señoriales con sus balconadas, las misteriosas celosías, los patios interiores y sus explosiones de color, los rincones con las destiladeras que le ofrecen agua fresca al caminante, los colores suaves y dulces de sus fachadas.

La comida canaria en sus guachinches y con un barraquito o un zaperoco entre mis manos al atardecer.

La dulzura de los tinerfeños y los silbos de los gomeros.

La vida que late en cada rincón de estas islas preciosas, donde las plantas te avasallan dulcemente mientras cantan ritmos tropicales y se suceden imágenes que te recuerdan a lugares que nunca has visitado, más allá del horizonte y el mar.

Podría seguir y seguir, mientras me acompañáis por el Parque de Garajonay y les preguntamos a Gara y Jonay cómo fue su historia de amor.

Pero… no quiero cansaros. He regresado contenta y enamorada de unas islas en las que no he encontrado la utopía de los filósofos, pero sí, una belleza que me ha conmovido.

Y como hoy es lunes, lunero y cascabelero, ¿qué mejor forma de empezar la semana que con  un fragmento de un poema canario…?

“Para cercar su vuelo persuasivo
ni habrá nube, ni sombra, ni poniente
que haga callar su cántico exclusivo”
(Del poemario Canario cántico, de Luis Natera Mayor)

Curarme de ti…

He decidido, que hoy voy a curarme de ti. No sé si lo conseguiré.

Pueden pasar días, quizá semanas… espero que no sean años.

No sé si será difícil, pero lo voy a intentar.

Por eso, lo mejor es no pensarte, Pero… ¿cómo no pensarte?. Creo que no es posible… igual si mirara hacia otro lado. Pero no puedo.

Te veo en todas partes. Aunque… ¿no será que te llevo conmigo?

Así no podré curarme.

¿Quizá en la soledad?, pero ¡no! también llenas mi soledad.

¿Porqué? ¡maldita sea, no puedo curarme de ti!

¿Sabes que haré? Aceptaré mi enfermedad y la mimaré y cuidaré.

Reuniré todo el amor que pueda encontrar por ahí.

El perdido, el olvidado, el que se quedó a medio camino. Y con todos ellos llenaré una bolsa y te le entregaré y así podrás hacer con ella lo que quieras.

Puedes regalarlo, tirarlo o puedes invertirlo en quien desees. También puedes devolvérmelo aumentado.

No sé lo que harás tú, pero yo si que sé lo que voy a hacer.

He decidido que no quiero curarme de ti.

Quiero seguir contigo días, semanas… años.

Su sonrisa…

Está sentada frente a él. Hoy no sonríe. Y él echa de menos su sonrisa. Una sonrisa que empieza en su boca y viajando por caminos que desconoce, llega hasta sus ojos. Es ahí donde él se agarra para sortear todo lo que la vida pone en su camino.

Hoy, su mirada es serena, pero opaca. El brillo desapareció tras una cortina que él no se atreve a descorrer. Quisiera coger su mano, pero se da cuenta que ella  realiza un viaje tan íntimo y personal que todo, hasta él, le es ajeno. Observa sus ojos y sabe que ella, en ese momento, en su propia travesía por el desierto, siente y necesita la soledad. Pero, quisiera entender el por qué ha desaparecido su sonrisa.

Ella se levanta, deposita un beso en su cabeza y se aleja. El quiere respetar su silencio, su viaje, su soledad, pero un sentimiento que adivina perdido, le impulsa a seguirla.

Ella, no vuelve la vista atrás. Camina despacio, hasta el jardín, y cuando llega a los rosales, se detiene frente al blanco trepador que cubre una esquina y, como en un sueño, contempla la luz que se refleja en cada uno de sus pétalos cubiertos de rocío.

Unos pasos detrás de ella, él se para y como una tormenta que estalla en medio de la tarde, los recuerdos se atropellan unos tras otros en su cabeza.

La cortina se descorre, sabe por qué ella ha quemado su sonrisa en la hoguera de los recuerdos. Se le escapa un suspiro.

Y ella, extiende su mano, como un ancla de salvación, antes de que él se deje arrastrar por su olvido.

Lo acerca a su lado y la oye murmurar en un susurro:

Hoy Daniel, cumpliría 19 años…

September…

Recuerdas…?

El sol hizo escapar las nubes

y el amor nos contó

que había venido para quedarse,

más allá de este largo verano…

 

 

 

luego, te dije, que mi corazón,

que reunía todas las estaciones,

iba a estar siempre contigo…

Llegó el tiempo del regreso…

 

Aprendí…

Todos los días de nuestra vida merecen ser vividos. Con todo lo que nos deparen. Pero hay días que permanecen en nuestra memoria de una forma muy especial.

Días en los que oscilas como un péndulo, de la alegría a la tristeza, de la resignación a la rebelión, del blanco al negro, sin matices, sin limaduras, sin concesiones.

Son esos días en los que te das cuenta de que el peaje por vivir con intensidad, es importante. Pero aunque sea así…

Seguí y aprendí a aplicar las matemáticas a la vida. Descubrí emociones nuevas mientras la brisa del mar agitaba suavemente las cortinas de mi casa. Y con un nuevo sol reinventé cada momento. Te encontré y de tus manos y de tu boca aprendí lo que es el amor.

Quizá no fue un único amor, ni siquiera un amor eterno, pero fue un amor creado de cosas cotidianas.

Formamos un universo pequeño, a nuestra medida. Los regalos que nos hicimos fueron las sonrisas por la mañana, el pañuelo para las lágrimas, el sonido de las palabras resbalando por las comisuras de los labios, las alas que nos dejaban volar a los dos libres e independientes, pero unidos.

Contigo aprendí que la vida sin pasión no valía la pena ser vivida.

Es posible que nuestro tiempo fuera limitado, pero  conocí la felicidad que se encierra en un sólo segundo.

¿Y sabes por qué? Porque fue todo tan fácil como recorrer el camino de la montaña que nos acercaba al cielo y nos hacia desear convertirnos en aquella brisa que se enredaba en mis manos y jugaba con tu pelo.

Fue todo tan sencillo que cuando recuerdo a alguien con ternura y agradecimiento, siempre pienso en ti. Contigo aprendí a amar. Por eso después de tanto tiempo ya no siento que hubiera sido mejor no haberte conocido.

Porque si soy tolerante, si sonrío, si entiendo que nada es eterno… es porque contigo lo he aprendido. Y porque ahora sé que cuando un amor se acaba es porque otros amores nos esperan.

Y solo espero ser capaz de enseñarles a amar tal y como yo lo aprendí de ti.