Dejarse llevar…

Ya casi hace un mes que empezó el nuevo año y con él se han puesto en marcha los proyectos, los planes, las nuevas ideas que se escribieron en una lista cuando los últimos días del año saltaban del calendario.

Este año va a ser diferente. Hablo de mí ¡Claro! Porque este año me voy a dejar llevar. Nada de esperar grandes cosas, ni hacer muchos planes.

Que fluya la vida sin poner ninguna traba en su camino.

Dejaré que los amigos que quieran quedarse conmigo, se queden y los seguiré queriendo como lo he hecho hasta ahora. O quizá más, si es posible. Me resignaré a la pérdida de aquellos que decidan marcharse después de haberse dado un paseo por mi vida y  los seguiré queriendo, sino como un presente, como un bonito recuerdo.

Escribiré con la misma pasión y entusiasmo, pero no me pondré plazos, ni entregas, ni obligaciones. Disfrutaré con la creación, con el personaje, con la página en blanco y con la inspiración y sin ella. Escribiré porque es parte de mi.

Voy  a disfrutar de cada día, con la sensación de que estreno sus horas y que ellas están llenas de momentos para vivir sin que yo tenga que buscarlos.

Me dejaré llevar por el río de la vida disfrutando de la suavidad de la corriente y sin oponerme a ella.

Sí, sin planes, sin proyectos, sólo disfrutando del viaje.

De invierno…

Desde la loma veo la suavidad del crepúsculo que se enreda en la dureza de las ramas.

Todo arde.

La tierra, vestida de invierno, guarda en su seno la esperanza de la primavera.

Todo vive.

La noche, abre sus puertas para acogerte en su cálido regazo.

Todo duerme.

(Imagen de Pixabay)

Sensaciones

He cerrado la puerta tras de mi. Las calles se extienden mojadas por la lluvia y tapizadas por las hojas de los árboles. Parecen alfombras interminables que prestan un color dorado al paisaje. El aire aún es limpio y la cacofonía de ruidos se siente lejana. La ciudad aún no ha despertado. Camino despacio, sin prisas recreándome en la contemplación de su despertar. Las ventanas a mi paso se iluminan, como ojos que me observan.

Paso por delante de un banco de madera pintado con todos los colores de arco iris y un gato de piel negra y mirada redonda salta a mis pies. Camina un trecho a mi lado. Me ha elegido como su acompañante. Al poco se restriega contra mi pierna y me abandona. ¿Me habrá querido decir adiós?

El olor a pan recién hecho me asalta. Un muchacho con una gran bandeja de croissants sale de una furgoneta cercana. Se cruza conmigo y me sonríe. Sonrisa con croissant. Sólo falta el chocolate. Le sonrío.

Llego a la Gran Vía y me siento bajo los magnolios. Pocas personas pasan frente a mi, pero ninguna, como yo, puede  dejarse llevar por la luz que ya se perfila clara por el horizonte. Todas, caminan rápido.

Cierro los ojos y me pierdo en las sensaciones que me ofrece la mañana cuando aún es virgen.

Feliz semana, después de la lluvia con Eva Cassidy

 

 

 

Certezas…

Estoy sentada en la terraza pero no veo el mar, el paisaje verde de árboles ocupa mi horizonte. Oigo el rumor del tráfico mientras tomo un café, de esos tan amargos, que casi hacen acudir las lágrimas a los ojos. Respiro su aroma y dejo que el líquido oscuro baje por mi garganta mientras me obligo a reconocer que hay situaciones que han cambiado tanto que no se pueden negar.

Personas a las que te has sentido unidas en tantos momentos de tu vida y que ahora pese a que sigues compartiendo instantes, te das cuenta que no tienen ninguna relación contigo. Sus intereses vitales, sus ideas políticas, religiosas, su vida, está tan alejada de la tuya que te preguntas… ¿Qué ha pasado? ¿Porqué el tiempo y sus encrucijadas nos enviaron por caminos distintos y tan separados? ¿Porqué en este momento y no en otro te has dado cuenta de ello?

Y no sabes, no puedes o en el fondo no te interesa ya encontrar respuestas. Lo único que deseas es pasar página sin melancolía, sin tristeza y aceptar que la vida fluye para todos y que “nadie se baña dos veces en el mismo río” como dijo Heráclito.

Son certezas que en esta mañana disfrutando del verano todavía caluroso, me obligo a reconocer mientras sigo tomando mi café.

Un poema…

Quédate conmigo y pintaré de carmesí las flores del jardín,  dejaré versos entre tus manos en las tardes de verano y entre luna y luna escribiré una canción.

Quédate conmigo junto al mar, y cuando las verdes olas digan tu nombre, lo lanzaré al viento y sembraré el espacio con tu risa loca.

Quédate conmigo y entre las sábanas que recuerdan tu aroma y tu pasión, mis piernas se enredarán en tu cintura.

Quédate conmigo y vibrará la tierra, porque el destino nos eligió unidos y cruzó nuestros caminos mientras la vida soñaba.

 

Pues sí…

Ayer, de madrugada, terminé el libro que estaba leyendo (La función perdida de María García-Lliverós) y no sé si por el contenido del libro o simplemente porque sí, me vino a la cabeza una frase que me parece recordar que es de Keynes.

“Sólo se puede vivir la vida de dos formas distintas; no creyendo en los milagros o pensando que… toda la vida es un milagro”

Y ahora imagino que pensaréis que eso de los milagros es una tontería. Pues sí, creo que los milagros tal y como los entendemos, pueden ser vestigios de una educación que nos ha hecho creer en demasiados dioses y cielos.

Pero… ¿y esos otros milagros?

Esos que se producen cada mañana cuando el sol nace y pinta el cielo de rojo o cuando la lluvia dibuja senderos en los cristales y hace brillar las farolas.

Esos que nos hacen volar cuando bailamos apretaditos con la persona que amamos o cuando nos despertamos a su lado y envueltos por sus brazos cada mañana.

Los que se reflejan en los ojos de un niño cuando le llevamos al país de las hadas y los dragones o le hacemos sonreír.

La calidez del  mar  en un día de verano, el reflejo de la luna sobre sus aguas, la fuerza de la tempestad.

El cielo desde lo alto de la montaña, la serenidad y el silencio, los árboles, las flores.

La compasión, la dulzura, la fortaleza, la sinceridad, el valor, la amistad, el deseo.

¿No son pequeños milagros que nos acompañan cada día? Pues esos son los milagros en los que creo.

Feliz comienzo de fin de semana a toditos, todos.

Volvemos a poetizar…

Me abandono,

a tu sabiduría primigenia,

a tus bosques que esconden los misterios,

a los susurros de las hadas y los elfos,

a la suavidad oscura de tus hojas.

Me abandono,

a la dulzura de tus aguas,

al bravo rumor de tus olas indignadas,

al sigilo de tu profundidad inmensa,

a tu silencio paciente e impasible.

Me abandono,

a la sorpresa del viento,

a la certeza sutil de su destino,

a las voces que viajan desde lejos,

a la incertidumbre que susurra en mis oídos

a la oscuridad que bebe mis anhelos.

Me abandono,

a las caricias olvidadas,

a los suspiros tejidos en mi almohada

a la duda que alimenta mis sueños

a la pasión que se viste con mi aliento

Me abandono,

Vida, a tus secretos.

María G. Vicent ©

Tiempo de verano…

Tumbada veo como se desliza la luz de la tarde. Desde el pie del árbol me observan las cañas indias sintiéndose extrañas y en la encina próxima dos tordos susurran acunados por el murmullo de las hojas. Pongo las manos bajo mi nuca y me dejo acariciar por la calidez de la tarde de verano.

El viento empuja con suavidad la hamaca y yo dejo mi mente casi en blanco. Sólo existimos este tiempo cálido y yo. Quisiera que estos instantes no se acabaran, que la suavidad que flota a mi alrededor fuera eterna.

Oigo el chirrido de la puerta al abrirse. Una voz alegre, viva, dulce y soñada, me llama.

Ella forma parte de mi largo y cálido verano.

Feliz, feliz verano, queridos…

Con el alba…

Abrió la puerta de la calle como quien abre la puerta de su vida. La luz blanca de la mañana le acarició la piel. Sintió la energía directamente en sus venas. El camino se dibujaba frente a él claro, nítido. Las luces de las farolas se apagaban mientras las hojas de las jacarandás empezaban a brillar con la luz del amanecer. Se sintió maravillosamente ligero y libre. Qué sorpresa aquella sensación¡

Y de pronto, como un trueno que rompe el aire, recordó…

Para ella, había dejado sobre la mesa, su corazón.

Feliz semana casi, casi de verano!!!

De la misma materia de los sueños…

Y dice Shakespeare en La Tempestad,  una obra llena de magia:

Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, como les dije, eran sólo espíritus y se han fundido en el aire, en la levedad del aire; y, al igual que la ilusoria visión que representaban, las torres que coronan las nubes, los lujosos palacios, los solemnes templos, el gran globo mismo, sí, con todo lo que contiene, se disolverán y, como estos desvanecidos pasajes sin cuerpo, no dejarán rastro.

Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño.

¿Estamos hechos de esa misma materia?, me pregunto. Quizá lo que pensamos que es la realidad, tan solo es un sueño en el que sufrimos, amamos, respiramos y reímos y su fragilidad es tal, que al desaparecer el sueño desaparecemos con él.

Los sueños son demasiados etéreos, frágiles, leves. Nubes pasajeras, inquietas, que se desvanecen como los suspiros.

Prefiero hacer de mi vida un sueño y no vivir soñando.