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No juzgues…

… y no serás juzgado… dice ese libro que todos conocemos.

Es difícil dejar de hacerlo, lo sé, pero no entiendo como hay personas que tienen la arrogancia suficiente como para decidir lo que es bueno, malo y regular, de una forma tan absoluta, que no dejan ni un resquicio a la equivocación o a la duda.

¿Quien se puede creer con la autoridad moral para decidir sobre tus actos o tu forma de vivir?

No soy una santa, nadie es un santo. Porque… ¿qué es la santidad?

Acaso ceñirte a un patrón diseñado por personas que sirven a una causa, a un dios? Someterte a una moral dictada por unas normas hipócritas, mientras en la intimidad de las habitaciones, se van saltando todas esas normas sin ningún pudor?

¡Qué fácil es decidir sobre la conducta de los demás! Utilizamos la misma vara de medir para nosotros mismos? O esa vara es más corta, más ligera y más permisiva? No será que lo que ven en los demás, es lo que observan dentro de sí mismas?

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No quiero cerca de mí a esas personas que se definen limpias, sinceras, correctas, buenas, honradas… mientras menosprecian, juzgan, y deciden sobre la moralidad de los demás, sin mirarte a los ojos. No me fío de esas personas que hablan del estado de pureza de su corazón mientras se congratulan de ese lado oscuro de los demás y, en el que todos hemos vivido, aunque haya sido por unos instantes.

Prefiero a las que tropiezan y se equivocan, a las que buscan la luz conscientes de ese lado oscuro que forma parte de nosotros, a las que viven la vida sabiendo que no son perfectas, pero que precisamente por ello, son más humanas. A las que saben que el camino de cada uno es diferente y por eso no único.

Prefiero a las personas que, sabiéndose siempre entre los dos lados, buscan siempre el más luminoso y por eso, nunca juzgarán.

“Cuando pienso que un hombre juzga a otro, siento un gran estremecimiento” Félecité de Lamennais

Mea culpa…

… vivir y escribir, dejándome llevar por los impulsos que se generan desde mi interior.

Es la idea que va revoloteando por mi cabeza desde hace varios días.

Vivir, escribir, sin pensar si lo que decimos va a molestar a alguien, si le va a gustar o no, si lo encontrará bueno, culto, interesante.

Desde siempre me ha gustado que las personas se sintieran a gusto conmigo, pero a lo largo de mi vida me ha podido dar cuenta que muchas veces buscando esa aceptación, he dejado de expresar sentimientos, opiniones, gustos que van  tan unidos a mí como el color de mis ojos.

Todo se ha quedado ahí, agazapado, esperando que un día  tomara la decisión de dejar de contentar a todos, para empezar a vivir, a escribir,  como si nadie me juzgara, como si nadie me leyera.

Entendiendo, que las miradas que llegan hasta lo que vivo, hasta lo que escribo, son reflejos de mi propia mirada. Con sus opiniones, sus gustos, su rechazo en algunos casos, su crítica “feroce”, pero siempre enriquecedora.

rostro de mujer

He llegado a esa conclusión que, por mi edad, ya debería haber llegado a ella hace tiempo, pero más vale tarde.

Nunca puedes contentar a todos. Ni cuando escribes, ni en la vida.

Lo realmente importante es desnudarte de todo lo que no seas tú, porque es la única manera de saber que, quien llega hasta ti, lo hace desde el conocimiento de lo que piensas, de lo que quieres, de lo que sientes y de lo que escribes.

Por eso vaya hoy ese “Mea Culpa” que espero seguir entonando para que nunca se me olvide que…

… me gusta ser yo y que me conozcan tal como soy…

… porque sólo de esa manera vives, escribes, tu vida y no lo que desean los otros que sea…

Y entonces ella descansó, porque el esfuerzo había valido la pena.