Categoría: Conversaciones

EL VALOR DE UNA SONRISA…

Pasaba cada día por la puerta de mi despacho, silenciosa, tranquila, pero siempre sonriendo.

Desde mi mesa oía su voz saludando y yo pensaba entonces que la mañana era más luminosa, más acogedora, más humana.

Luego me perdía en mi trabajo y parecía que la olvidaba, pero no, de vez en cuando recordaba esa sonrisa y todo me parecía más fácil.

Un día  tuve que ir al departamento donde ella trabajaba. Estaba en el mismo edificio, en el mismo lugar, pero tan lejano de mí como las antípodas.

Mientras esperaba, la observé y seguí haciéndolo en los días sucesivos cuando tuve que ir de nuevo.  Me dí cuenta que la gente a su alrededor la ninguneaba, que sus opiniones válidas y competentes, no eran escuchadas, que su sonrisa se perdía entre un montón de intereses, de hipocresías, de amabilidades medidas y tasadas.

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En uno de aquellos instantes de observación me sorprendió, pero yo no bajé la mirada. Cuando nuestros ojos se encontraron, las dos nos entendimos con ese lenguaje que va más allá de la palabra. En los suyos presentí el dolor.

Pensé que lo que triunfa, lo que medra, lo que asciende, es el comercio servil e interesado. La manipulación y el engaño, la sonrisa fácil y la crítica punzante e hipócrita.

Su sonrisa limpia, serena y tranquila servida cada mañana como un regalo para el corazón, se hacía añicos frente a la mezquindad. Y en ese instante sentí rabia porque las personas que la rodeaban, no se merecían aquella sonrisa. No se merecían nada. Quizá era injusta y  una sonrisa no era suficiente para hacer de una persona, un ser humano bueno, pero aquella sonrisa iluminaba sus ojos. No se quedaba en una mueca provocada por un deseo de agradar, no, era una sonrisa que surgía de unos sentimientos profundos y limpios.

Pasaron unos días y volví a subir aquella escalera que me llevaba a las antípodas. Ella, ya no estaba allí. Todo me pareció diferente. La luz era la misma, pero parecía no tener la misma intensidad. Un aire menos puro atravesaba la estancia. Pregunté por ella.

Se fue, me contestaron, un día su mesa apareció vacía y, la verdad, no sabemos por qué, pero cuando miramos hacia donde ella se sentaba, sentimos la sensación de haber perdido algo.

¿Quizá su sonrisa?, pregunté.

Nadie me contestó, todos bajaron la cabeza.

He nacido…

Detrás de la Catedral de Notre Dame, justo al principio de la isla, hay instalada una cripta en honor a los franceses victimas de las deportaciones nazis.

En las paredes hay diversas frases alusivas. Una de ellas es de Paul Elouard y me emocionó profundamente.

Dice:

“Je suis né pour te connaître, pour te chanter, liberté”

Me emocionó por lo que significa y porque pienso que yo también he nacido para algo muy concreto… para conocerte, para pensarte, para llenar de ti mi espíritu y mi corazón, y en definitiva, para amarte con toda la intensidad de que soy capaz.

Si alguna vez una persona te dice estas palabras, no puedes dejar de amarle, ni aunque pasen los siglos…

No habrá nadie a no ser que ese seas tú…

La otra mirada…

Estaba sentada en torno a una mesa. En ella había nueve personas. Cuando las miraba pensé que excepto a una, las había conocido, a algunas veinticuatro horas antes, a otras apenas hacía un par de horas. Pero me sentía bien.

Aquella era una cena entre gente que amaba las letras. Y yo amaba las letras. Leer lo que otros habían escrito,  escribir lo que yo imaginaba.

Ellos hablaban de los motivos por los cuales escribe un escritor… económicos, egocentrismo, placer…? Cada uno defendía sus argumentos con pasión.

Yo los miraba. Hablaba muy poco. Tan solo miraba.

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Me ensimismé buscando mis propios motivos y comprobé que si escribo es porque no podría dejar de hacerlo. Así de simple. El reto de una página en blanco es lo que me hace feliz. Dejar de ser yo misma para convertirme en cien, mil, personajes diferentes. Ser terrible hoy, para dejar de serlo mañana. Retraída ahora e impulsiva en otro momento. Feliz y desdichada a la vez.

Ensanchar mi mundo llegando a otros mundos que he creado con mi imaginación. Hacer que los sentimientos de quien me pueda leer se desborden. Que los compartan conmigo porque son parte de mi yo más íntimo. Los he vivido. Y así cuando ya parece que no queda nada dentro de mi, seguir viviendo y sintiendo, para poder volver a contar historias.

Es posible que muera un poco en cada una de ellas, pero sé que volveré a renacer convertida en alguien diferente. Así de simple, otra vez.

¿Son esos los mismos motivos que impulsan a escribir a mis compañeros de mesa? ¡No lo sé! Pero tampoco ahora es demasiado importante.

Los miro y me siento feliz. Allí está mi Reflejo, algunos nuevos amigos, y un maravilloso duende que me mira y me hace sospechar que me ha descubierto, porque… ¿sabéis?… él es un duende, como en los cuentos.