Algo que escribí…

El misterio que nos envuelve.

Sí, te parecerá extraño pero cada persona que llega a nuestra vida, lleva con ella un misterio. Esta persona, la otra, la de más allá…

¿La de más allá?, yo creo que en esa mujer todo es evidente.

Pues si, aquella que está en la esquina y parece invisible. Ella también tiene un misterio.

¿Tú crees? Yo pienso que el misterio es lo no evidente, los supuestos en cascada, las preguntas en el aire, la vida secreta, las confesiones en tono bajo, las casas con dos puertas, las piernas cruzadas, el cigarrillo humeando frente a unos ojos entornados, la búsqueda…

Y yo creo que estás equivocada.

El misterio de cada persona se encuentra en e fondo de sus ojos, en el de su alma. Es una luz muy sutil, casi invisible. Imperceptibles para unos, evidente para otros. Que se encuentra detrás de una puerta que abrimos y cerramos a nuestro capricho. Es el camino que conduce hasta lo más profundo de un ser humano  y que siempre te recompensa cuando intentas recorrerlo.

Es la esencia de lo que somos y lo que sentimos. Es lo que escondemos.

Quizá por eso es el camino más difícil de resolver. El misterio del ser humano.

¿Estás de acuerdo conmigo…?

Os dejo con  Nina Simone. Imaginad en la barra del un bar con una copa en la mano, mientras descubrís el misterio de su voz incomparable.

(Imagen tomada de Internet)

 

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Y de la ternura…

Y de la ternura… qué?

– Buena pregunta, me has dicho.

No sé si es buena o no, pero echo en falta un punto de ternura entre el mundo que me rodea.

– Siempre has tenido los pies un poco en las nubes. ¿Pero tú crees que tal y como está el mundo, la gente se puede acordar de la ternura?

Pues precisamente porque este mundo es un caos de violencia, egoísmo, y sin razón, deberíamos pensar un poco en ello, no?

Me has mirado como si yo fuera una extraterrestre, así que he acortado las distancias…

He deslizado mis dedos por el óvalo de tu cara, por tus ojos, por tus mejillas y he lanzado un beso a medio camino entre tu boca y la mía.

Tu mirado ha cambiado…

¿Contesta esto a tu pregunta?, te he dicho.

Tus brazos abiertos han sido la respuesta.

“Nunca os olvidaré; continuo empleo
seréis de mi ternura y mi memoria,
y aunque en vano, también de mi deseo” (G. M. de Jovellanos)

 

 

 

Vienes…?

Voy a apagar la semana, a dejar las preocupaciones suspendidas en el aire,  a desterrar el horario, a guardar los zapatos de tacón…

Y… ¿sabes?

Encargaré un sol tibio que nos caliente la espalda, recogeré fresas mientras tú me lees tu último cuento, y alborotaré las mantas en el sofá.

Y al anochecer… cenaremos con amigos queridos y después…

Llenaré una taza de besos y los llevaré despacito, despacito, para que no se pierda ninguno por el pasillo, porque los besos que se pierden ya no sé, no sé adonde van…

Dejaré una luz tenue, encenderé velas con olor a lavanda, abriré la ventana para que entre el duende de la noche y… te esperaré.

Vienes…?

Viernes, intentad ser felices, mientras os dejáis acariciar por la voz de Aute.

Tu pregunta…

Me has hecho una pregunta…

¿Se puede amar a dos personas a la vez?

Pensé que te la podía responder fácilmente. Pero ahora me doy cuenta que no.

Pero tu pregunta ha provocado un alud de preguntas y no estoy segura de poder contestar.

¿Es censurable amar a dos personas a la vez?
¿Las podemos amar con la misma intensidad?
¿Buscamos en cada una de ellas lo que no encontramos en la otra?
¿Podríamos olvidarnos de una y seguir siendo felices?
¿Las engañamos a las dos?

He recordado la canción, Corazón Loco…

 

Mi respuesta, tu respuesta sigue en el aire…

Un juego…

Juego? Un juego me has dicho?

Si, eso es lo que te he dicho, me has respondido.

Y tú crees que la política es un juego? Porque lo que me ha parecido entender es que me has dicho “el juego de la política”

He visto tu mirada y me he dado cuenta, con algo de inquietud, que ni sabías de qué te estaba hablando.

Porque yo pienso que la política no es un juego. La política es una toma de decisiones que afectan a las gentes, a los pueblos, a la sociedad.

Sí, y también es el ejercicio del poder para minimizar los enfrentamientos entre los distintos posicionamientos de esa sociedad que espera que ejerzas ese poder de una forma justa, moderada, digna y equitativa.

Me da miedo pensar que, de alguna manera, volvemos al inicio de esa política en la que el poder lo ostentaba aquel que era el más fuerte de la tribu. Ahora lo ostentan los más embaucadores, cínicos y corruptos. Una forma de violencia psicológica tan poderosa como lo es la violencia física.

¿Qué pensar cuando todos los poderes que, tanto se esmeró Montesquieu en separar, se cruzan, interfieren unos con otros y pierden cada día su independencia?

Cuando se reúnen todos en el mismo lugar ¿no es eso el despotismo?

Pero… ¿qué te ha pasado, te has comido a algún político?

Pues sí, y parece que se me ha atragantado…

EL VALOR DE UNA SONRISA…

Pasaba cada día por la puerta de mi despacho, silenciosa, tranquila, pero siempre sonriendo.

Desde mi mesa oía su voz saludando y yo pensaba entonces que la mañana era más luminosa, más acogedora, más humana.

Luego me perdía en mi trabajo y parecía que la olvidaba, pero no, de vez en cuando recordaba esa sonrisa y todo me parecía más fácil.

Un día  tuve que ir al departamento donde ella trabajaba. Estaba en el mismo edificio, en el mismo lugar, pero tan lejano de mí como las antípodas.

Mientras esperaba, la observé y seguí haciéndolo en los días sucesivos cuando tuve que ir de nuevo.  Me dí cuenta que la gente a su alrededor la ninguneaba, que sus opiniones válidas y competentes, no eran escuchadas, que su sonrisa se perdía entre un montón de intereses, de hipocresías, de amabilidades medidas y tasadas.

sonrisa1

En uno de aquellos instantes de observación me sorprendió, pero yo no bajé la mirada. Cuando nuestros ojos se encontraron, las dos nos entendimos con ese lenguaje que va más allá de la palabra. En los suyos presentí el dolor.

Pensé que lo que triunfa, lo que medra, lo que asciende, es el comercio servil e interesado. La manipulación y el engaño, la sonrisa fácil y la crítica punzante e hipócrita.

Su sonrisa limpia, serena y tranquila servida cada mañana como un regalo para el corazón, se hacía añicos frente a la mezquindad. Y en ese instante sentí rabia porque las personas que la rodeaban, no se merecían aquella sonrisa. No se merecían nada. Quizá era injusta y  una sonrisa no era suficiente para hacer de una persona, un ser humano bueno, pero aquella sonrisa iluminaba sus ojos. No se quedaba en una mueca provocada por un deseo de agradar, no, era una sonrisa que surgía de unos sentimientos profundos y limpios.

Pasaron unos días y volví a subir aquella escalera que me llevaba a las antípodas. Ella, ya no estaba allí. Todo me pareció diferente. La luz era la misma, pero parecía no tener la misma intensidad. Un aire menos puro atravesaba la estancia. Pregunté por ella.

Se fue, me contestaron, un día su mesa apareció vacía y, la verdad, no sabemos por qué, pero cuando miramos hacia donde ella se sentaba, sentimos la sensación de haber perdido algo.

¿Quizá su sonrisa?, pregunté.

Nadie me contestó, todos bajaron la cabeza.

He nacido…

Detrás de la Catedral de Notre Dame, justo al principio de la isla, hay instalada una cripta en honor a los franceses victimas de las deportaciones nazis.

En las paredes hay diversas frases alusivas. Una de ellas es de Paul Elouard y me emocionó profundamente.

Dice:

“Je suis né pour te connaître, pour te chanter, liberté”

Me emocionó por lo que significa y porque pienso que yo también he nacido para algo muy concreto… para conocerte, para pensarte, para llenar de ti mi espíritu y mi corazón, y en definitiva, para amarte con toda la intensidad de que soy capaz.

Si alguna vez una persona te dice estas palabras, no puedes dejar de amarle, ni aunque pasen los siglos…

No habrá nadie a no ser que ese seas tú…

La otra mirada…

Estaba sentada en torno a una mesa. En ella había nueve personas. Cuando las miraba pensé que excepto a una, las había conocido, a algunas veinticuatro horas antes, a otras apenas hacía un par de horas. Pero me sentía bien.

Aquella era una cena entre gente que amaba las letras. Y yo amaba las letras. Leer lo que otros habían escrito,  escribir lo que yo imaginaba.

Ellos hablaban de los motivos por los cuales escribe un escritor… económicos, egocentrismo, placer…? Cada uno defendía sus argumentos con pasión.

Yo los miraba. Hablaba muy poco. Tan solo miraba.

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Me ensimismé buscando mis propios motivos y comprobé que si escribo es porque no podría dejar de hacerlo. Así de simple. El reto de una página en blanco es lo que me hace feliz. Dejar de ser yo misma para convertirme en cien, mil, personajes diferentes. Ser terrible hoy, para dejar de serlo mañana. Retraída ahora e impulsiva en otro momento. Feliz y desdichada a la vez.

Ensanchar mi mundo llegando a otros mundos que he creado con mi imaginación. Hacer que los sentimientos de quien me pueda leer se desborden. Que los compartan conmigo porque son parte de mi yo más íntimo. Los he vivido. Y así cuando ya parece que no queda nada dentro de mi, seguir viviendo y sintiendo, para poder volver a contar historias.

Es posible que muera un poco en cada una de ellas, pero sé que volveré a renacer convertida en alguien diferente. Así de simple, otra vez.

¿Son esos los mismos motivos que impulsan a escribir a mis compañeros de mesa? ¡No lo sé! Pero tampoco ahora es demasiado importante.

Los miro y me siento feliz. Allí está mi Reflejo, algunos nuevos amigos, y un maravilloso duende que me mira y me hace sospechar que me ha descubierto, porque… ¿sabéis?… él es un duende, como en los cuentos.

El sombrero…

… y sobre él…

Sí, tengo que escribir un relato sobre el sombrero, pero…

¿Qué puedo decir sobre el sombrero…?

Quizá…

 Recuerdo a Edu con su sombrero de piel y su chupa negra paseando por Baker Street en un día inusualmente luminoso de Londres. Era el día del orgullo gay y la calle hervía de color, música y movimiento. Desde las carrozas nos lanzaban flores y a él algún piropo que quedaba prendido en su sombrero cuando lo separaba de su cabeza y lo agitaba en el aire. Se le veía feliz como nunca lo había sido.

Y también a mi abuelo, con un Borsalino marrón sobre sus cabellos blancos, blanquísimos. Se lo inclinaba hacia adelante con un ademán misterioso y por debajo brillaban unos ojos azules con un toque de travesura. Un aire interesante y coqueto que se diluía en la mirada de ternura que nos dedicaba.

sombreros2Y mi padre, en la montaña, con aquel sombrero de fieltro duro de pastor saboyardo, ancho de alas, que le hacía parecer un habitantes de las cumbres. Se lo quitaba para saludar a los excursionistas ocasionales con los que nos cruzábamos en los veranos de nuestra infancia.

Y recuerdo, sí, recuerdo a aquella anciana sentada en Hyde Park, en un banco rodeado de enredaderas y rosas silvestres en una primavera húmeda, mientras las fuentes repiqueteaban con un sonido de cristal. Sujetaba con firmeza su sombrero gris de hongo al tiempo que leía un libro de Adele Parks y sonreía con complicidad. Una ráfaga de aire lo arrancó de su cabeza. Ella se levantó con un movimiento ágil y corrió tras él. Cuando lo recuperó lo acarició con lo que a mi me pareció, un gesto de ternura. Cómo quien acaricia a un amigo.

… son recuerdos, pero… ¿qué puedo decir de los sombreros…?

Caminaba…

>… delante de mí…

Su larga melena rojiza se balanceaba con un movimiento que a mí me pareció igual al de las olas que acarician la playa. Sus pasos eran relajados y tranquilos y se movía con la complacencia de saberse y sentirse bella.

No pude evitar una sonrisa, pero… él me vio sonreír.

melena rojiza

Se puso a mi lado…

– Vaya… es que ahora te gustan las mujeres? -dijo con su tono de depredador cínico y seguro de sí mismo.

No -le contesté – Simplemente me gusta admirar la belleza.

No me respondió… quizá ni siquiera comprendió lo que yo le decía.

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